ADVERTENCIA: El recurso que está visitando fue creado hace mucho tiempo y no ha sido revisado recientemente. Se mantiene como acervo de la Institución pero tenga en cuenta que puede contener información no relevante o desactualizada.

Con Claudia Romero, integrante de la delegación del SMU a Honduras

El sol sale por la montaña


Claudia Romero fue la coordinadora de la segunda brigada del SMU a Honduras.
Es practicante interna y se recibe en julio. A través de sus palabras se recorta un paisaje de verdes, gente de la tierra, frijoles y solidaridad. Para los uruguayos que participaron en esa experiencia hay un «antes y después» de Honduras.
Este es su testimonio.


por Fernando Beramendi
«La experiencia de Honduras fue a través de la Asociación Cristiana de Jóvenes, de allí que se puso en contacto con la de Uruguay. El SMU se mostró muy abierto y se hizo el llamado a médicos y practicantes internos. Se apuntó más gente de la prevista. En plena consulta,
«curadores» devenidos
en educadores

Foto

Yo fui como delegada del Comité Ejecutivo del SMU y como coordinadora de la segunda brigada que iba en junio. (De la primera fue el Dr. Carlos Montejo).

Creo que es de las experiencias más importantes de mi vida. Lo hemos hablado entre nosotros y la realidad superó todas las expectativas que teníamos. Fue muy fuerte, tanto a nivel formativo como a nivel humano y en eso estuvo lo más importante».

En Taulabé

«Éramos: dos del área social, una educadora social, una socióloga, dos médicos, uno de medicina general y una pediatra, cuatro practicantes internos y un enfermero. Taulabé, al norte de Tegucigalpa, era nuestro lugar de referencia -que es un pueblito- y de allí partíamos para las aldeas.

Nos quedábamos dos o tres días y hacíamos las tareas. Nos dedicamos específicamente a la consulta médica. Organizamos talleres de prevención y promoción de salud, reuniones con grupos de jóvenes, reuniones con niños. Y armábamos el botiquín para que se quedara la gente de cada una de las aldeas».

Las cosas cambian
en el terreno

«Al principio teníamos pautados desde acá los objetivos. Uno de ellos era la consulta médica. Después nos dimos cuenta que no tenía demasiado peso ni demasiada utilidad en sí misma Allí comenzamos a acomprender que no nos requerían como «curadores» sino como educadores. Había mucha curiosidad en el medio, gente que consultaba porque en sus 60 años de vida nunca había visto un médico. Y era su primera vez.

Foto La ronda con los niños
de la comunidad.
El juego como parte
de la salud y de la vida

Gente que tenía curiosidad para vernos, para ver qué hacíamos. Y mucha solicitud de medicamentos. Entonces nos dimos cuenta que lo que teníamos que hacer era dar pasos anteriores. Dedicarnos a la prevención y promoción de salud, dar conceptos básicos, enseñarles a propósito de la higiene corporal, cómo lavarse las manos, los pies, los dientes, cómo usar el piojicida, cómo lavarse la cabeza».

El sol no sale por el mar

«Los niños generalmente andan descalzos. Hacíamos talleres de higiene.

Los otros compañeros estaban en Marcalá, que es fronterizo con El Salvador y es una zona más montañosa. Allí es más alto y hace más frío. Donde nosotros estuvimos hay entre 30 y 45 grados.

Ellos sólo tienen dos estaciones, el invierno y el verano. Le llaman invierno porque llueve. Es lo que distingue una estación de la otra. Uno de los obstáculos que teníamos es que aproximadamente el 95% de la gente es analfabeta. Todo lo que teníamos que hacer, todas las explicaciones, eran a través de los dibujos que ellos pudieran entender.

Por ejemplo, para dosificar la medicación teníamos que hacerlo a través del sol y de la luna, para planificar los horarios. Nosotros al principio cuando hacíamos los dibujos los hacíamos llanos, y el sol saliendo a través del mar.

Y la gente nos decía 'no, acá tenés que dibujar montañas'».

Hay gozos y sombras

«Es muy impactante la pobreza que existe allí como en toda América Central. Es la primera vez que viajo con un objetivo de este tipo. Uno llega y se asombra de verse enfrentado a eso. Que la gente no sepa leer o escribir, o que la gente sea la primera vez que vea un médico. Las escuelas son como las rurales de acá. Un salón, un maestro y todos los grados juntos.

La mayoría de los niños abandona la escuela porque tiene que irse a trabajar con su padre, a chapear -cortar caña- o a cultivar.

Uno ve cuánta cosa hay para hacer y la impotencia del poco tiempo que estábamos.

Pero también uno aprende a vivir de otra manera. Porque viene pensando en sus parámetros de calidad de vida y de pobreza y se encuentra que no todo es una película negra o gris. No todo lo es.

Es una montaña verde. Son paisajes hermosísimos. Y es gente muy acogedora. Gente muy generosa. Los niños por ejemplo tienen una gran avidez para aprender, tienen una fuerza impresionante. Uno los escucha cantar y no puede creer la fuerza que ponen y la avidez para aprender».

La cultura: un río de insospechadas vertientes

«Tienen una cultura popular espectacular. Nos gustaba mucho sentarnos y hablar con los 'tatascanes', que son los jefes del patronato. La sabiduría y el sentido comunitario que tienen y la forma de organizarse son asombrosos.

La ACJ de allá fomenta la organización de grupos de jóvenes en cada una de las aldeas, que tengan un peso y que tengan determinadas responsabilidades: conseguir el agua, impulsar la agricultura, los fertilizantes. Está el comité de salud -que fue con el que trabajamos-. Nosotros nos reuníamos con el comité de salud, que son vecinos con determinada formación y les dábamos una lista de medicamentos sin alto rango tóxico, sin demasiado peligro, y les dejábamos la dosificación, la forma de uso de los antiparasitarios, los piojicidas, los antibióticos, las pautas para pediatría, para diarreas. La aldea se organiza y los ves trabajando».

El huracán ya estaba antes de llegar

«Una cosa fabulosa fue que trabajamos los nueve y lo hacíamos en Taulabé, con voluntarios de 18 o 22 años. Ellos eran Nani, Portillo, Roberto y el coordinador, Chema, que tenía 28 años y que trabajaban todo el mes con nosotros. Nos acompañaban de tal manera y lo hacían de forma voluntaria por el compromiso que tienen con el país y con su gente. Y de eso se aprende mucho.

El huracán Mitch no modificó lo que habitualmente se vive en las aldeas. Puso más en evidencia hacia el mundo las carencias y la pobreza en que vive esa gente.

En las aldeas donde estuvimos, si bien no hubo víctimas humanas hubo destrozos de plantaciones, que son fuentes de alimentación.

Pero el verdadero huracán es otro, el de la pobreza. El promedio de edad es 30 años, pero 30 años que parecen 50».

El recuerdo de doña Paula

«Esto fue todo no gubernamental. Además de la ACJ hubo asociaciones que apoyaron con la parte de medicamentos y de alimentos. Pero nosotros comíamos lo mismo que ellos y usábamos sus letrinas, dormíamos en carpa.

La comida era espectacular. En Taulabé comíamos en lo de doña Paula y era genial. Comíamos más que acá. Y la comida de las aldeas es en base a tortilla de maíz y muchos frijolitos. Nosotros llevábamos arroz y fideos. Comen el frijol parado (comunes) y si no puré de frijoles incluso en el desayuno. Se come mucho pollo.

Con el lenguaje teníamos dificultad, pero nos podíamos comprender.

Mucha gente nos preguntaba si éramos de 'los Estados', si éramos gringos, no les sonaba mucho lo de latinoamericanos. Utilizábamos el globo terráqueo para explicar donde estaba Honduras y donde estaba Uruguay.

Hicimos muchas actividades de intercambio cultural. Fue una experiencia humana impresionante».

Un largo aterrizaje

«Creo que hace quince días que llegué y todavía no aterricé. Todos nos quedamos con un poco de nosotros allá y nos vinimos con un poco de ellos acá.

Si pudiéramos volver lo haríamos para ver cómo está esa gente. No somos los mismos. Hay un antes y un después de Honduras».

Aprendimos de Honduras y de nosotros mismos
«Y el grupo fue impresionante. Estaba integrado por Ana Gabriela Fernández -educadora social y actriz, que nos recitaba parlamentos de sus obras en la noche-, Patricia Scarón, socióloga, Aldo Ariel Pomar, enfermero, Pablo Panizza, Cecilia Di Biase, Antonio García, que eran internos y la médica Susana Rodríguez y Beatriz Sainz que era la pediatra. Y Pablo Larrosa, fotógrafo de El Observador que estuvo diez días con nosotros.

Quiero decir que también aprendí mucho de ese grupo, que fue muy compacto junto con los hondureños. Que aprendimos mucho de Honduras pero también sobre nosotros mismos.

Creo que es fundamental que esto se siga haciendo, me parece importantísimo incluso dentro del propio Uruguay. Por ejemplo en Tacuarembó.

Es fundamental para conocer cómo se practica la medicina y cómo se aprende de otras formas de medicina. Le tomás otro gusto y ves que no sólo se aplica en un hospital. Creo que hay más gente que se merece este tipo de experiencias y estoy muy agradecida por esto al SMU, a la FEMI y a la ACJ del Uruguay».

/