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Manual de Semiología: 40 años de un clásico

De Boni: el buscador de signos

A 40 años de su primera edición, la Oficina del Libro AEM acaba de reeditar un clásico, el Manual de Semiología, de Juan Antonio De Boni. La reedición es a un tiempo pretexto para un merecido homenaje y constatación de la vigencia de un texto que ha sido compañero inseparable de dos generaciones de estudiantes. Extraño privilegio en un tiempo en que el río de Heráclito ha dejado de ser metáfora para instalarse de lleno en la cotidianeidad.

por José López Mercao

«...que la verdad de la forma
es lograr la permanencia»
(Raúl Castro)

Juan Antonio de Boni«A veces me preguntan si yo soy descendiente de aquel De Boni que escribió la Guía de Semiología -que ese era el nombre primitivo del libro- y eso me llena de alegría».

La afirmación habla de la naturaleza del profesor De Boni, un hombre sencillo y afable al que cuesta no llamarlo «Coco» a poco de conocerlo.

«Soy un obsesivo», dice de él mismo, intentando explicar esa temprana vocación por la sistemática y la clasificación. «Me tomo todo a pecho, por lo que no es casualidad que ya lleve tres infartos en mi haber, pero esa característica también me ha dado muchas gratificaciones. Porque en la descripción de mis inclinaciones hay que incluir la docencia, en la que se resumen todas las demás. Fue precisamente a través de ella que llego a la Guía de Semiología».

Autorretrato

«En 1957 ingresé como grado 2 a la clínica del Dr. Pablo Purriel dando clases de semiología. La docencia era para mí una pasión, y por lo mismo algo muy dinámico. No quería ir muy arriba para no postergar al de abajo ni a la inversa y buscar un punto de equilibrio era un desafío que diariamente se renovaba. La guía fue la síntesis».

«Para mi desesperación, luego de haber impartido las nociones más elementales notaba que no se habían fijado en la memoria de los muchachos. Dos o tres días después de haberlo enseñado preguntábamos qué era un estertor o una fatiga y el silencio era la respuesta. Es que llegaban tarde, faltaban o no sacaban apuntes y, obviamente, perdían continuidad, alimentando lagunas de conocimiento que luego serían decisivas para su formación».

Simplicidad de lo clásico

¿No existía algún texto en el que se accediera a esos conocimientos?

En esos tiempos lo que se podía leer eran los 14 tomos de Cossio y Padilla. Yo lo leí en el ómnibus yendo y viniendo de mi casa, media hora, durante tres años.

Al año siguiente (1958), apoyado por varios muchachos que sacaban apuntes con sistematicidad, empecé a hacer un libro que llegó a tener 720 páginas. Mi objetivo no era un Cossio y Padilla vernáculo, quería resumir sin perder sustancia hasta llegar a una pequeña guía. La idea era que el muchacho leyera eso en el ómnibus y entrara a clase sabiendo el ABC. El resultado fue un librito de 48 páginas, incluyendo una fe de erratas y autorizado por el propio profesor Pablo Purriel. La primera edición salió a mimeógrafo y tuvo un éxito poco creíble

Mi padre, que era veterinario, lo mandó a una imprenta y me lo regaló. Se vendió como pan caliente a precios muy módicos y a razón de 30 o 40 por día. Pronto se agotaron los 500 o 600 ejemplares de aquella tirada.

Después vino la dictadura y el libro pasó a la órbita de la Librería Médica hasta que llegada la democracia volvió a la Oficina del Libro, que hace un par de años le di los derechos de autor.

Debo mencionar el excelente relacionamiento que tengo con los muchachos de la oficina, toda la disposición que pusieron en este emprendimiento, en particular menciono a Sergio Paz, por el esfuerzo y el cariño con que encaró la tarea.

Dialéctica de lo constante

¿Pero por qué la vigencia de la guía luego de 40 años, sobre todo si se tiene en cuenta la provisoriedad cada vez más pronunciada del conocimiento?

Creo que la razón reside en que el encuentro con el enfermo, es decir, esa parte fundamental del arte médico no ha cambiado básicamente desde Hipócrates hasta aquí. Los pasos que se siguen son los mismos: la anamnesis o interrogatorio, el examen clínico, las conclusiones clínicas sobre el interrogatorio y el examen.

Por eso tampoco ha variado en cuatro décadas la enseñanza de la medicina, pero sí el soporte tecnológico que, por otra parte, en nuestras latitudes es insuficiente. Por esa razón usted lee a Hipócrates, luego de más de dos milenios y se asusta por la precisión de los signos que describe, ¿qué se puede agregar a la jaqueca que describía Sydenham o a la descripción que hace Parkinson del mal al que vinculó su nombre?

En otras palabras, puede haber variado la sensibilidad del aparato con el que yo ausculto, pero no cambió ni el oído ni la manera de auscultar.

¿Es decir que lo que describe la semiología es la manifestación de lo permanente, de lo invariable en ese río de Heráclito que nunca es igual a sí mismo?

Sí, y en el conocimiento de esos signos está la base del ser médico. Por eso no podía sorprender que el manual fuera solicitado no sólo por estudiantes sino por profesores de mucha edad que preparaban la agregación, no en busca de una suma de saber que ellos poseían como nadie, sino en procura de una síntesis.

Es curioso que una personalidad como la del doctor De Boni, marcada por el afán de sistematicidad, por la búsqueda de la permanencia tras lo cambiante de las formas, apasionada por la docencia y por el orden del pensamiento, no vaya unida a un temperamento autoritario y que, por el contrario, contraste de manera tan fuerte con la naturaleza abierta, sencilla y probadamente solidaria de este hombre marginado -en su momento- por la dictadura.

«Es que soy un poco autoritario» -afirma De Boni con una sonrisa tímida que lo desmiente-. «Admiro el pensamiento abstracto pero creo que el hombre precisa de lo concreto, como la psiquis se retrotrae constantemente al soma».

La armonía de una vida

¿Eso también se manifiesta en su amor por la pintura?

Sí, aunque esa afición que desarrollé en los últimos siete años de mi vida, tiene mucho que ver con la depresión que me causó mi retiro de la actividad médica. Creo que es un evento común a todos los colegas, pero por mis características personales me afectó particularmente.

De Boni muestra sus trabajos con entusiasmo de adolescente, describe su técnica, la naturaleza de su pincelada, la secuencia de sus bocetos y dibujos. Manifiesta admiración por sus queridos impresionistas (de manera para nada casual los artistas del «plein air», los buscadores de signos tras las mutaciones de la atmósfera) y, de nuevo, en esa simbiosis entre ciencia y arte aparece el buscador de signos, el devoto de la gestualidad que encubre y revela esencias.

Curiosamente, el hombre de los conceptos rigurosos no encuentra palabras para ilustrar su pincelada y desliza una mano sobre el dorso de la otra buscando un gesto para describirla.

«Yo pinto, no soy pintor -afirma-. Para ser pintor hay que tener una idea y plasmarla en la tela. Un Torres García tiene algo en la cabeza y va a la tela con esa idea preconcebida. Yo pinto, más allá que con el aprendizaje haya aprendido y arribado a otra comprensión de la obra. Pero también amo la pintura por su poder atractivo, concentrador. Al pintar me olvido de todo, hasta de la música, que es otra de mis grandes pasiones».

El barquito que ilustra la tapa del reeditado Manual de Semiología es el «Ulises II», un óleo con el que De Boni concursó en el SMU. Pero no menos queridos por su autor son aquel que reproduce la chimenea de ANCAP, el autorretrato, el pueblito chico, las riberas del Marne, el retrato de Morosoli y -todo es armonía en el temperamento de Don Coco- las temáticas de la soledad quebradas por elementos significantes, por signos de permanencia en la monotonía del paisaje.

«Me gusta el óleo y me gusta mucho el dibujo -recalca- esa plasticidad, ese poder expresarse con las manos es parte del soma. En las grutas de Santander, en cavernas de un metro, ya los hombres pintaban sus manos, dibujaban motivos rupestres. Me gusta la escultura, la paleta baja, la calidez, poder llegar a la plasticidad, el pastel, el lápiz; el acrílico me gusta menos».

Habla de sus maestros, del taller de Clever Lara, de Aldo Curto, su profesor actual, del pintor Larroca. Evoca su incursión en la Escuela de Bellas Artes hacia 1947 y se caracteriza como pintor sin saber que está haciendo un autorretrato del buscador de signos: «Soy poco creativo, me gusta copiar algo y darle un tono personal».

El juicio de los contemporáneos

Refiriéndose a De Boni, el profesor Jorge Torres Calvette, prologuista de esta tercera edición del Manual de Semiología, dice: «En su destacada trayectoria se caracterizó por la aplicación a la medicina de su inteligencia sutil, su crítica inquisitiva, su rigor científico e intelectual, sus convicciones personales en el plano social proyectadas sin estridencias, que hicieron de él en el campo de la neurología, y particularmente de las enfermedades cerebrovasculares, un referente obligatorio para nuestro medio».

Dr. Juan Antonio De Boni

Resumen de una trayectoria

Juan Antonio De Boni Bado se recibó de médico en 1956. Fue practicante interno del Ministerio de Salud Pública en 1952, luego médico tisiólogo, adjunto del Servicio de Asistencia Antituberculosa y neurólogo del Instituto de Higiene desde 1975.

Médico adjunto de la Clínica de Semiología desde 1957, instructor en 1964, asistente del Instituto de Neurología en 1961 y profesor adjunto en 1971.

En 1964 obtuvo la especialización en Neurología de la Escuela de Graduados, y en Neurología por competencia notoria en 1971. Fue profesor adjunto del Departamento de Emergencia del Hospital de Clínicas Dr. Manuel Quintela. Adscrito de Neurología desde 1966, y a partir de 1975 profesor de la misma materia.

En 1977 fue destituido de la Universidad por la intervención de la dictadura.

Desde 1967 es miembro del Departamento de Afecciones Cerebrovasculares del Instituto de Neurología, y a partir de 1990, creador y director de la sección Neuroinfectología.

Fue presidente de la Sociedad de Neurología del Uruguay y miembro de la Liga Uruguaya contra la Epilepsia, desde 1980.

En 1966 presidió el II Congreso Nacional de Ciencias Neurológicas.

Premio Nacional de Medicina de la Fundación Manuel Pérez en 1993 y tercer premio de Medicina de la Asociación Médica del Uruguay en 1978.

Autor de 73 trabajos científicos y de tres libros, de los cuales dos se han reeditado: Manual de Semiología y Enfermedades cerebrovasculares.

Neurólogo del casmu desde 1962 y médico consultante entre 1979 y 1997.

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