«Cada día que tachamos en el calendario es como que recién caemos»

Cerca de 700 estudiantes de medicina se reciben el viernes 31 de julio. A pocos días de la fecha, el SMU conversó con cuatro de ellos: qué los ilusiona, qué los preocupa y qué le dirían a quien está empezando.

«Cada día que tachamos en el calendario es como que recién caemos»

viernes 24 de julio de 2026

En los hospitales donde hay internos estos días aparecen los almanaques con los días tachados. Marcan lo que falta para el viernes 31 de julio, cuando casi 700 estudiantes de medicina terminan la carrera. El SMU habló con cuatro de ellos en plena recta final: Gonzalo Mascheroni y Cristina Castro, que cierran su rotación en el Hospital Maciel, y Camila Álvarez y Agustín Silva, que hacen lo propio en el Hospital Pasteur.

La cuenta regresiva

La primera respuesta es casi la misma en los cuatro: todavía no cayó del todo.

«En realidad es una emoción para todos que no hemos caído mucho por seguir estando acá trabajando y estudiando. Día a día estamos compartiendo con todos los compañeros esta ansiedad y esta alegría. Pero cada día que llegamos, que tachamos en el calendario, es como que ahí recién caemos», cuenta Gonzalo.

Cristina describe la misma mezcla: contenta, con la familia y los amigos contentos por ella, y a la vez «con algunos temores por la etapa que va a venir». Camila lo resume en una palabra –ansiedad–  y en una imagen concreta: le importa especialmente que su abuela la vea recibirse.

Cuatro caminos que no fueron rectos

Ninguno de los cuatro llegó al 31 de julio por la misma vía y ninguno llegó en línea recta.

Gonzalo es de San José y vive en Montevideo. Hace 12 años que es enfermero y fue ese trabajo el que lo empujó a anotarse en medicina. «Estuve trabajando en esa etapa siempre junto a médicos, muchas veces de forma muy cercana. Me encantaba el trabajo de enfermería, pero también el de medicina. Me parecía que iban muy bien complementados». De la profesión le atrae acompañar a las personas en el proceso de salud y enfermedad, y también la exigencia académica: «estar siempre actualizado, ya que la ciencia acá está más acelerada».

Foto: Gonzalo

Cristina es del mismo departamento y vive en Libertad. Ella y Gonzalo son compinches y se apoyaron durante todo el camino. Empezó la carrera más tarde de lo habitual: «Por decisiones que tomé, no empecé siendo muy joven, ya estaba un poquito más grande. Pero después que me decidí, me anoté a ver si iba a poder, si iba a ser posible por tema de traslado, distancia, trabajo, familia. Y se fue dando». Hoy su hija también estudia medicina y va por tercer año.

Foto: Cristina estudiando junto a su hija

Lo que ilusiona

Cuando se les pregunta qué esperan del rol, aparece una respuesta compartida.

«Todos empezamos esto para ayudar a alguien, para poder cambiar algo. Ese es el motor principal», dice Camila.

Foto: Camila

Agustín lo dice con una fórmula clásica de la profesión: «Curar lo que se pueda, aliviar lo que no puedas curar y, si no, acompañar. Me parece que un médico que ejerce esas tres cosas está siendo un buen médico».

Gonzalo suma su recorrido previo: lo que lo entusiasma es poder poner en juego todo lo estudiado durante años junto a la experiencia acumulada como estudiante y como enfermero, «es como que van de la mano», concluye.

La firma propia

La preocupación también es la misma en los cuatro y tiene un nombre concreto: la responsabilidad de firmar.

«A todos nos preocupa que en este momento nosotros somos estudiantes todavía y dependemos de otro médico. Después de esto somos nosotros con nuestra firma y somos los que tenemos que decidir. Y obviamente siempre da mucho miedo», dice Gonzalo. Enseguida agrega el reverso: «Siempre vamos a estar acompañados. Hay que confiar en el conocimiento. Y siempre es muy importante preguntar y pedir ayuda”.

Agustín señala lo mismo: «Lo que más me preocupa es la responsabilidad que tenés al firmar vos la historia de un paciente. La responsabilidad y poder estar a la altura”.

Foto: Agustín

Camila lo dice en términos parecidos: no tanto el deseo de ayudar, que ya está, sino «estar a la altura y realmente poder hacer algo al respecto».

Cristina apunta a lo que sostiene esa confianza: «Todo lo que fuimos estudiando y preparándonos, las prácticas y este año de internado, donde compartimos con un montón de médicos y de compañeros que nos fueron ayudando. Confiar en que todo ese proceso va a ser lo que después nos permita desenvolvernos».

Lo que le dirían a quien empieza

Es la pregunta que más los detiene, y las cuatro respuestas coinciden en algo: la carrera sacude, y hay que aprender a bancar las sacudidas sin poner el resto de la vida en pausa.

Gonzalo, que dejó la carrera y la retomó, es directo: «Se puede. Es muy larga, entonces siempre te hace parecer que esto no va a llegar nunca. Te caés y te levantás. Las caídas están para hacerlas. No todo el mundo va derecho y hace todos los años. No pasa nada, se puede seguir. A veces nos sentimos muy mal por eso».

Cristina, que le da consejos a su hija, avisa que vienen años difíciles y que habrá que resignar juntadas y salidas, pero pone una condición: «No se puede poner la vida en pausa por casi ocho años, y menos siendo tan joven. Está bueno que a medida que vayan haciendo puedan ir disfrutando de otras cosas que no tengan que ver con la facultad. Que se la tomen con calma, que de a poco se va llegando».

Camila lo plantea como una cuestión de insistencia más que de talento: «No es del que más sabe, sino del que más insiste. Es perseverancia pura y dura. Hay momentos que parece que no termina más, pero cuando querés ver estás empezando el internado y cuando querés ver lo estás terminando».

Agustín cierra con lo mismo que abrió: «Es una carrera larga en la que hay que estudiar bastante, pero al final vale la pena y además se pasa volando. Que disfruten, más que nada. Tiene momentos que realmente te llevás para siempre.»

El viernes 31 de julio los almanaques se quedan sin días que tachar.