Dr. Víctor Armand Ugón

(1900-1972)

Dos palabras

Víctor Armand Ugón falleció en Montevideo el 8 de octubre de 1972.

El acto del sepelio en el Cementerio Central constituyó una sentida nota de dolor, registrándose una concurrencia extraordinaria de personas del sector médico, gubernativo, político, pacientes, colaboradores y público en general.

Varios oradores señalaron en sentidas oraciones los rasgos salientes de su múltiple personalidad.

Al cumplirse un mes de su desaparición la Universidad de la República le rindió su homenaje, concretado en un acto académico realizado en el Salón de Actos del Instituto de Tisiología y Cátedra de Clínica Neumológica, ubicado en el predio de la Colonia Saint Bois.

Durante 16 años desempeñó la Presidencia de la Comisión Honoraria para la Lucha Antituberculosa, con honor, dedicación y singular eficiencia.

Se reúnen en este volumen los discursos pronunciados en ambas oportunidades, entendiendo que en tal forma quedarán documentadas para las generaciones futuras aspectos de la vida de un hombre de nuestra tierra, que dio de sí mismo lo mejor en beneficio de sus compatriotas, con sencillez, con bondad y con amor.

Profesor Doctor Víctor Armand Ugón

Su padre, inmigrado a nuestro país a mediados del siglo anterior, pastor de almas, fue pionero de la colonización en el departamento de Colonia, habiéndole tocado en suerte fundar un pueblo progresista y amante del trabajo de la tierra, que es un emporio de laboriosidad y de riqueza: Colonia Valdense.

Correspondió al hijo ser igualmente pionero de un importante capítulo en el arte de curar: la cirugía torácica.

En los años 30, estando de guardia en el Hospital Maciel llegó un herido de arma blanca de corazón, que en otras circunstancias hubiera muerto. Ugón se armó de coraje y de positiva audacia e intervino. La herida fue suturada y el paciente salió de alta.

Por ese entonces las intervenciones de tórax estaban restringidas al tratamiento en dos tiempos del quiste hidático del pulmón, por la técnica de lamas y Mondino.

Es todo lo que podía hacerse puesto que la anestesia entonces en boga, con el viejo y noble aparato de Ombredanne no podía neutralizar la presión negativa del espacio pleural y se corría el riesgo del neumotórax operatorio, tan temido por los cirujanos.

Ugón rotó luego al Hospital Fermín Ferreira y tuvo allí ocasión de realizar toda la cirugía de la tuberculosis entonces en boga: frenicectomías y toracoplastias en sus distintas modalidades, así como liberación de adherencias, según Jacobeus.

Cuando se introdujo en el país la anestesia por gases y la baronarcosis permitió superar los inconvenientes de la presión negativa, la cirugía del tórax, a impulsos de Ugón, tomó inusitado incremento.

Al trasladarse a Saint Bois y poder contar con equipo humano e instrumental adecuados, se fue creando la escuela uruguaya, lo que equivale a decir la escuela de Ugón, de cirugía del tórax.

Con un dominio absoluto de la técnica quirúrgica general, su mérito mayor acaso consiste en haber simplificado los tiempos operatorios al mínimo, reglándolos sabiamente, con la doble finalidad de obtener el mejor resultado funcional, con el menor riesgo para el paciente confiado a su ciencia y a su arte.

Sus trabajos científicos son numerosos, entre los que deben destacarse su libro “El Tórax Quirúrgico” y sus relatos sobre “Pleuresías” y “Empiema Tuberculoso”.

Deja una escuela de discípulos capaces que se formaron en su modalidad de austeridad y disciplina científica, que prolongarán su nombre y su obra.

Su procedimiento de tratamiento del quiste hidático del pulmón, el parto de la vesícula hidática, tiene carta de ciudadanía universal.

La Facultad de Medicina lo designó Profesor Ad Honorem y en los 16 años que presidió la Comisión Honoraria para la lucha Antituberculosa, ésta realizó reconocida obra a nivel nacional.

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Prof. Dr. Fernando D. Gómez
en nombre de la Comisión Honoraria para la Lucha Antituberculosa

En nombre de la Comisión Honoraria para la Lucha Antituberculosa cumplimos con la dolorosa obligación de dar la postrer despedida a quien durante dieciséis años presidió e impulsó sus actividades conformando positivas realizaciones de gran contenido humano y social. El hizo posible por su gravitante personalidad y prestigio científico y social, la obtención de logros al parecer inalcanzables. Como fue conseguir en momentos en los cuales serias y al parecer insalvables dificultades financieras, generadas por acumulación paulatina de derogaciones sucesivas de los recursos fijados por la ley, obtener la aprobación de otros sustitutivos. Evitando con ello la paralización de las actividades socio-económicas y de las acciones profilácticas que desarrollaba la Institución.

La importancia que en aquellos momentos adquirió su intervención, debe destacarse, especialmente pues, se constituyó en factor principalísimo para evitar el colapso posiblemente definitivo, de la efectiva campaña para el control de la tuberculosis en curso de desarrollo. Cumplida como ninguna otra anterior en intensidad y extensión, con apoyo unánime de las autoridades nacionales y con comprensiva participación de toda la población del país.

La influencia decisiva de su empeñosa y exitosa gestión fue consecuencia indudable, de largos años de destacada actividad profesional. De sus brillantes condiciones de cirujano nato, dobladas por un incomparable sentido clínico que motivaban fuera consultante obligado de colegas esparcidos por todo el país, para aclarar o establecer un diagnóstico difícil. Para fijar un pronóstico, que permitiera aconsejar o desechar el planteamiento de una riesgosa intervención quirúrgica.

Su trato amistoso, su simpatía personal, junto a una manifiesta vocación docente, hacían transmitiera en forma amplia y generosa su caudaloso bagaje de conocimientos. Nutrido por una insaciable apetencia de mantenerse permanentemente informado sobre los más recientes progresos del conocimiento científico, difundidos por las más acreditadas y responsables publicaciones europeas y americanas. Pero también, en una dilatada actividad profesional, que en cierto momento resultó casi seguramente única y sin parangón en nuestro país.

En reconocimiento a tan fecunda labor, la Facultad de Medicina lo designó Profesor Honorario y el Ministerio de Salud Pública Director del Instituto del Tórax. Creado especialmente para permitirle desarrollar en ambiente adecuado a su capacidad y merecimientos, una nueva especialización quirúrgica, de la cual había sido por años entusiasta propulsor y aparecía entonces como indiscutido maestro.

Si bien la cirugía torácica en su primera rama de desarrollo o sea la pulmonar, había tenido algunos precursores entre nosotros, recién adquirió real jerarquía y posibilidades de acción cuando sus cultores y la mayoría de los enfermos posibles de tratamiento especializado se concentraron en el nuevo Instituto. En un centro que disponía de laboratorios y de equipos adecuados para complementar un estudio clínico y funcional que permitiera fueran intervenidos con las garantías mínimas exigibles al adelanto técnico alcanzado.

La labor cumplida por Armand Ugón, por sus colaboradores y discípulos, situaron a la Escuela Uruguaya de Cirugía Torácica, al nivel de las más prestigiosas del Continente. Las realizaciones y aportes a reuniones y congresos nacionales e internacionales, facilitaron difundir los resultados alcanzado con algunas técnicas quirúrgicas originales, como aquella del quiste hidático del pulmón, que lleva su nombre y es utilizada actualmente por los especialistas de mayor renombre.

Pero Armand Ugón no fue solamente un cirujano de admirada destreza y depurada técnica operatoria, poseedor de agudo y certero sentido clínico. Sino también un docente poco afecto a las clases magistrales, que enseñaba gráficamente actuando y a cuyo lado se formaron la mayoría de los actuales cirujanos de la especialidad.

Fue autor de un libro, varias memorias originales y comunicaciones presentadas en sociedades científicas nacionales y de otros países, que honran la producción médica continental y motivaron fuera invitado a pronunciar conferencias y a participar en importantes eventos. Igualmente, que lo designaran miembro honorario o correspondiente de Academias y Sociedades Médicas.

Como miembro de la Comisión Honoraria de da Lucha Antituberculosa, demostró durante su prolongada gestión ser un administrador imbuido de arraigados principios de justicia social. Respetuoso de los derechos humanos. Preocupado por lograr soluciones que mitigaran en la forma más satisfactoria y generosa posible, las penurias económicas tan frecuentes en los grupos familiares de los cuales la tuberculosis extrae sus víctimas.

Como jerarca procuró permanentemente adecuar las retribuciones de los funcionarios a la pérdida del valor adquisitivo de la moneda y encarecimiento de la vida, para mejorar el rendimiento de la labor, creando un clima libre de preocupaciones que al enaltecer jerarquiza la función pública.

Frente al definitivo alejamiento físico de tan digno Presidente y amigo de tantos años de promoción estudiantil, de ejercicio profesional, de actividad docente y finalmente de actuación en la Comisión Honoraria, podemos afirmar con íntima convicción que si bien su partida deja un vacío difícil de disimular, el sereno recuerdo de su trato cordial y de su preocupación por acrecentar el respeto con que toda la comunidad distingue a esta fundación de bien público, que es la Comisión Honoraria para la Lucha Antituberculoso, deja en todos sus compañeros de labor sentimientos perdurables que su desaparición no borrará.

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Prof. Dr. Pablo V. Carlevaro
Decano de la Facultad de Medicina

Asumo la representación de la Facultad de Medicina y, por pedido expreso de su Rector, la del Consejo Directivo Central de la Universidad de la República.

¡Qué difícil es hablar en pasado de un hombre que vivió toda su vida en un devenir de dinamismo incesante, que animó permanentemente su existencia con el trabajo y con la acción!

¡Qué duro es aceptar que ya no está, que con su respirar anhelante y su pecho en permanente ebullición, no alienta entre nosotros!

¡Qué inconcebible es su ausencia de este Hospital, que Don Víctor Armand Ugón contribuyó a jerarquizar como ninguno, con un quehacer casi silencioso, con una presencia indeclinable y permanente, que llevaba implícita en sí, en su presencia, un magisterio continuo y singular!

Más allá de una valoración exacta de sus altísimos méritos, como médico y como fundador de una escuela quirúrgica en una disciplina que él inauguró con maestría singular en nuestro medio –la cirugía torácica– es de justicia pura señalar a la pública consideración lo que el Dr. Armand Ugón significó como hombre ejemplar, en sentido pleno e integral.

Como decíamos hace un instante, su magisterio fue una lección permanente e indeclinable en el quehacer, enseñándolo y haciéndolo todo sin estridencias, como si todo fuera tan sencillo como grandes eran su valor y su modestia, su amor por el trabajo y por la gente.

Y efectivamente, su ejercicio de la enseñanza clínica tuvo rasgos tan peculiares como peculiar fue su figura.

Formado en nuestra antigua Facultad de Medicina, comenzó su carrera docente y recorrió los estadios iniciales de la cirugía general, sin haber culminado la misma como Profesor de Clínica Quirúrgica.

Él, que fue un formidable maestro, no obtuvo una consagración académica oficial de su magisterio sino después de haber fundado y constituido toda una escuela de cirujanos, auténtica expresión de vanguardia técnica y científica en el ámbito continental.

Él, que había enseñado todos los días en cada uno de sus actos médicos, en cada una de sus intervenciones quirúrgicas de avanzada, no fue profesor de nuestra Casa sino por reconocimiento excepcional y expreso de su Consejo, en el año 1948, cuando se le otorga el título de Profesor Ad Honorem y era, ya, un maestro naturalmente consagrado.

En tanto otros precisan los títulos para enseñar, en tanto otros no son ni significan mayor cosa sin el título académico que acredita sus funciones ¡qué lección tan auténtica dio este hombre enseñando toda la vida sin títulos, haciendo de su presencia y de su conducta –médica y humana– la base fundamental y sólida de su magisterio!

Y qué lección de comprensión, de lealtad, de respeto y de identificación para con la Casa que lo formó supo dar toda su vida este maestro de cirujanos, profesor de cuantos profesores quisieron aprender de él.

Lo conocí y lo recuerdo desde mi adolescencia, y me bastó verlo para comprender “d’emblée”, en su aire, en su sonrisa, en su atuendo, en una bonhomía campesina y patriarcal, con qué clase de madera estaba hecho aquel hombre, qué suerte de humildad le había tocado, qué calidad de comunicación humana trasmitía su presencia.

Si importantísima fue su contribución científica a la cirugía neumológica y fisiológica, si importantes y reconocidos internacionalmente fueron sus trabajos, sus técnicas quirúrgicas originales, sus películas documentales y científicas, quiero rescatar hoy, ante ustedes, y con particular énfasis, el valor actual y la vigencia de su estilo de docencia.

Los títulos no fueron para él, porque él no fue un cultor de los modos verbales de trasmitir el conocimiento; porque el anfiteatro no fue su campo preferido; porque el discurso no era su modo natural da expresión.

Él era, más que un académico, un artista –o, como quizás él mismo prefiriera, un humilde artesano–, un hambre que enseñaba haciendo. Viendo al enfermo, comunicándose con él, desentrañando con el método clínico un diagnóstico oculto, examinando críticamente los documentos anexos, decidiendo la conducta terapéutica, ejecutando –como un eximio– la intervención quirúrgica, prendiéndose a la suerte del enfermo en un post-operatorio que siempre exige, más que ninguno, una honda vocación de médico, una conducta humana indefectiblemente solidaria.

Y este estilo de docencia, que en su tiempo no gozaba de una valoración suficientemente jerarquizada, es –varios años después– el estilo que la docencia nueva aspira consolidar en el ejercicio de la enseñanza clínica del médico.

Maestro en el hacer y maestro –quizás incomprendido– en el modo de enseñar. Doblemente maestro, pues.

Sus inquietudes no se limitaron al quehacer quirúrgico y al hospital.

Nada de la vida fue ajeno a este hombre. Actuó en el gobierno universitario, como Consejero de la Facultad de Medicina, en representación del orden profesional; actuó en el gremio médico y fue primer cirujano del Centro de Asistencia del Sindicato Médico del Uruguay.

Presidió la Comisión Honoraria de la Cruzada Antituberculosa y actuó allí durante 16 años, evidenciando su preocupación por la proyección social inherente a su campo profesional específico.

Tiempo atrás, fue requerido para cumplir, fugazmente, gestiones de gobierno, en razón de un reconocimiento acertado de su enorme pujanza vital, de su fecunda ejecutoria, de sus reconocidos méritos.

Y para nosotros, además, cuando el viento arrachado nos sopló de frente, cuando agredieron la Casa que a todos nos hermana –con su tono menor, con su modo llano, con su simpatía sobria e inimitable– cómo nos hizo sentir su apoyo indeclinable, cómo supo darnos el testimonio de su calidad prevalente y firme de universitario.

Decíamos al comienzo, cuán difícil es hablar de Armand Ugón en pasado; cuán duro es aceptar su ausencia; cuán inconcebible es que no esté entre nosotros.

Y bien, visto el examen que aquí se ha hecho de su vida.

Dado el análisis –lleno de afecto pero impregnado de justicia y de veracidad– que se ha efectuado de su personalidad médica y humana.

Atendiendo a la profundidad del sentimiento que a todos nos embarga y nos conmueve, que en cada uno resuena con un matiz diferente pero siempre cargado del recuerdo encendido, de una influencia inalterada, de una percepción inextinguible, cabe que meditemos sobre la real vigencia de las afirmaciones iniciales.

En verdad, hombres como Armand Ugón –después de muertos– no sólo pertenecen al pasado.

Porque él vivió toda su vida un intenso y agitado presente, que no tuvo otro norte que su proyección hacia el futuro, hacia un futuro cada vez mejor y más logrado.

Es en aquel futuro –desde ayer nuestro entristecido presente– que Armand Ugón sigue viviendo.

En realidad hombres como Armand Ugón no están ausentes nunca.

Porque en su vida se introdujeron tanto en los modos y en las conductas de quienes lo rodearon, que su presencia se torna imperecedera.

Por fin, hombres como Armand Ugón estarán siempre entre nosotros, porque contribuyeron tanto a cimentar valores que rigen los aspectos más elevados y sanos de nuestra convivencia, a construir permanentemente el trabajo de cada día que, privados de su ser y de su cuerpo, su influjo –sin embargo– se ha tornado inextinguible.

Señores: no se trata de un consuelo improvisado, ni de una fórmula retórica. Es, para nosotros, una convicción, una afirmación de matiz religioso: los hombres como Don Víctor no terminan nunca de morir.

Por su capacidad privilegiada de entregarse, por su generosidad para fusionarse íntegramente con un todo, por su vinculación indestructible con los mejores valores y las más estimables creaciones de la sociedad, cuando los hombres asumen la estatura formidable y humilde del maestro, ya no se mueren más...

Enseñó demasiado, como para que sus discípulos abandonen sus enseñanzas.

Fue demasiado bueno, como para que quienes tuvieron el privilegio de rodearlo, pierdan la impronta de su bondad.

Sirvió devotamente al enfermo, como para que sus pacientes y los pacientes que él ya no asistirá, dejen de beneficiarse del aporte de su preocupada y aplicada sabiduría.

Porque lo enseñó todo con el ejemplo, valiéndose mucho más de las acciones que de las palabras, comunicando mucho más con el afecto que con la postulación, contagiando una conducta y un estilo, por todo eso es que la Facultad de Medicina los ha convocada a todos ustedes –colegas, discípulos, colaboradores– para asumir el compromiso vital de que, en tanto sepamos vivir la praxis médica y humana de su dignidad, el querido maestro no habrá de morir más.

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Prof. Dr. Alfredo Ruiz Liard
en nombre del Señor Ministro de Salud Pública y de sus discípulos

Señoras, Señores: Cumplo con la penosa distinción de dirigir las últimas palabras a nuestro maestro, en nombre de sus discípulos, del Ministerio de Salud Pública y del personal del Instituto de Enfermedades del Tórax.

Difícil resulta, constreñidos por la emoción de este golpe lacerante, traducir nuestro estado de espíritu frente a su alma sincera, noble, llena de afectos y señera en nuestras vidas.

No deseamos describir la extensa, intensa y ejemplar trayectoria de Armand Ugón, pero debemos recalcar su obra creadora y rectora de la Cirugía Torácica Uruguaya. La seriedad de la misma, la vastedad de los temas tratados, la labor incansable de décadas de esfuerzo, amalgamando la inteligencia con el trabajo, la curiosidad científica con la labor práctica, su docencia de cada instante con su impecable acto quirúrgico, el equilibrio del conocimiento teórico con su aplicación práctica; todo ello enmarcado dentro de la mayor corrección, por sus características de probidad y sencillez, así como su estricto sentido ético, caracterizaron sus enseñanzas.

Cada una de sus actuaciones, llevaba impreso el sello de su vigorosa personalidad.

Amigo franco, leal, se supo ubicar por encima del bien y del mal. Incitó al trabajo, enseñándonos a trazar nuestro propio camino bajo su estela luminosa. Numen señero, lo alentó siempre el ideal de la perfección, incitando al desarrollo de la voluntad individual, reclamando perfección con amabilidad y bondad, exigiendo conquistar por la perseverancia de la actividad, por el esfuerzo propio, la concreción del ideal de trabajo.

Cursó por nuestros senderos, pleno del concepto que los senderos de perfección, no tienen fin. Siempre se guió por los ideales que señalaron su camino; jamás usó de programas que le marcaran un término. Enamorado de sus ideales, de hacer las cosas cada vez mejor, poseía esa corriente contagiosa, con su entusiasmo calmo, suave, pero firme y positivo.

Como Maestro, Armand Ugón, era poseedor de ese secreto ritmo que pone en comunión los sentimientos, sin causa perceptible. En todos los que integramos su Escuela, supo inspirar un fondo común de inspiraciones que hizo vibrar al unísono. Su simpatía era su bondad en acción, fuente de dicha que impulsaba a sentirnos elevados en su exigencia de perfeccionamiento. Su compresión amplia y sincera, fue premisa de justicia.

Su solidaridad reflexiva se sumaba a los conceptos superiores de su personalidad, lo que tipificaba su equilibrio entre la moral y el derecho. Poseía esa condición de Maestro, que con su rápida intuición de lo esencial y característico de cada situación, le permitía resolverla con serenidad y equilibrio. Parecía que su divisa era comprender con fineza y sagacidad pero con ejecutividad: en él la acción seguía inmediatamente al pensamiento.

En nombre de sus discípulos y en el mío propio, en este momento expreso pálida y fragmentariamente, con la emoción de este instante, todo lo que deploramos este hecho infausto y doloroso, de la extinción para siempre de la llama de la vida de nuestro querido Maestro, el Profesor Víctor Armand Ugón.

Ya no volveremos a oírle, dándonos la expresión diáfana de su vigoroso pensamiento, ni apreciaremos su imagen con su gesto equilibrado y armonioso...

Desgraciadamente, es preciso rendirse ante la evidencia de este fatal decreto del destino, ante el cual nada puede nuestro deseo, tan humano y comprensible, de ver perdurar una vida que era ejemplo reconfortante de perenne suavidad, en medio de las violencias y rudezas de la existencia actual.

Con el corazón oprimido y nuestras almas atribuladas, sus discípulos no podemos ensalzar sus virtudes como él se lo merece y nosotros lo desearíamos. La frescura y juventud de su espíritu era tal, que involuntariamente nos habíamos acostumbrado a NO pensar que el término definitivo habría de presentarse algún día, por lo cual nuestra emoción es ahora más intensa.

Sin exageración y sin hipérbole, lo cual sería una infracción a la escrupulosa veracidad que nos enseñó nuestro amado Maestro, podemos afirmar que la extinción de su vida ejemplar, constituye una irreparable pérdida para nuestra Cirugía y por ende para nuestro país. Vidas como las de Armand Ugón, figura consular y patricia, son faros luminosos que muestran la ruta a seguir; su estatura moral es portadora del laurel de la gloria, dominando al talento y la virtud. Cirujano brillante y hábil, fue el escultor de su vida, un ejemplo de ética viviente con su espíritu mesurado y armonioso.

Señores: la época actual, es época de inquietudes, sinsabores y de angustias y para todos nosotros, este día, es de dolor personal, por la pérdida de nuestro querido Maestro y amigo. Su figura entra hoy, en el templo augusto de la inmortalidad.

Amado Maestro: el recuerdo de su existencia ejemplar, mostrará que la vida no es una ilusión y que el espíritu es indestructible; que el motivo de la vida, no es ni el placer ni el dolor, sino la acción, a fin de que el mañana nos encuentre más lejos que el ayer; que el mundo es un sendero efímero que se recorre y nuestras vidas, una fuerza efímera y fugaz, que bajo la estela luminosa de su imagen, la consagraremos a trabajar con fe, alumbrados por la luz de la esperanza.

Amado Maestro, ¡adiós!

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Dr. Luis A. Bouza
en nombre de sus amigos

Señoras y señores: no son muchas las veces que, en nuestro medio, se den honras fúnebres con tan nutrida concurrencia.

Mujeres y hombres, ancianos y jóvenes, médicos –colegas de la sacrificada profesión a la que entregara lo mejor de su vida este grande y noble amigo– y pueblo, pero todos con la tristeza que los embarga, con lágrimas que asoman a nuestros ojos y el corazón oprimido, en intenso estado de angustia, ante lo luctuoso y funesto. Creo que fue Brissaud el que calificó este estado de “meditación de la muerte”, magnífica definición ya que meditar implica cierto estado de recogimiento y de reflexión tranquila.

Tuvo en vida, muchos y grandes amigos y ha sido un núcleo de éstos quienes me impusieron la honrosa misión que cumplo en este acto, dando nuestro postrer adiós a este gran cirujano, creador en nuestro medio de la cirugía torácica, encarnación de las más nobles y puras virtudes de la procesión médica, amigo en la más pura y amplia acepción del vocablo y con quien, desde hace ya más de cuarenta años, se confundieron nuestros corazones en esperanzas y en decepciones, en alegras y en dolores, en triunfos y en derrotas, ya que éstas suelen acompañar a aquellas y son las determinantes de las más sinceras manifestaciones de la amistad. Él fue también amigo ejemplar: sabía encontrar en cada uno de sus amigos el rasgo que lo destacaba y su generosidad para con ellos jamás conoció la noción del límite.

Sus colegas, están haciendo el elogio de su personalidad científica y entre ellos, uno de sus discípulos, acaba de decirnos que hizo escuela y por tanto que dejo continuadores en esa apasionante misión.

¡Bella misión la cumplida en vida por este amigo que se va! ¡Bella misión la que queda en manos de sus continuadores! Dolorosa, por el muro inquebrantable en que frecuentemente se estrellan sus anhelos de comprender, aliviar y curar. Reconfortante y todo alegría cuando ven que su misión médica es más poderosa que el mal que aqueja a un semejante.

Nobilísima profesión la del médico, regida por la noción del deber y del sacrificio. Para ejercerla nos parece que se deben poseer las más elevadas virtudes de la inteligencia y del corazón. Entre nuestras facultades afectivas, si tuviera que escoger una para caracterizar a Víctor Armand Ugón, yo diría que estaba dotado en el más alto grado, de la simple, honesta y encantadora bondad. Es la que más particularmente lo caracterizaba como hombre y como médico. Lector y trabajador incansable, se instruía sin descanso de todas las investigaciones que se hacen diariamente en el campo de la medicina y escogía honestamente, desechando todo amor propio, lo que le parecía mejor, a fin de que, cada noche, al buscar el reposo y la última de todas las noches, la anterior al gran sueño, tuviera el derecho de decir frente a su propia conciencia: “yo no he ignorado nada de lo que podía proporcionar algún alivio a las personas que me fueron confiadas”.

Como no decir unas palabras de su espíritu de sacrificio. Enfermo desde hacía muchos años y conocedor perfecto de su mal incurable, en el olvido de si, como médico y cirujano, llegó a alturas que parecen inaccesibles. Hasta sus últimos días dejó de lado su grave enfermedad, para concurrir a curar o a aliviar a sus enfermos, a quienes miraban sus ojos claros con dulzura, para quienes tenía la palabra suave que acompasaba naturalmente con la suavidad de sus maneras. Así, se entregaba, silenciosamente y sin condiciones, todos los días.

Un gran maestro que influyó mucho en la formación de nuestra generación; Anatole France, en su magnífico Jardín de Epicuro, nos dice que cuanto más reflexiona acerca de la vida humana, más se convence de que debemos darle por testigos y jueces la ironía y la Piedad, como los egipcios evocaban junto a sus muertos a la diosa Isis y a la diosa Neftis. La Ironía y la Piedad –nos dice– son excelentes consejeras: una con su sonrisa nos endulza la existencia y otra con sus lágrimas nos la ennoblece. La Ironía que invocaba el gran Anatole no es cruel: no se burla del amor ni de la belleza; es amable y benévola. Con su risa contiene la cólera y en presencia de los malvados y de los necios nos induce a la burla para evitar que nos inspiren odio. Creo que este gran maestro, de haber sido médico, habría dejado de lado aún a esa Ironía fina y no habría guardado más que la piedad, una tierna Piedad para todos los seres humanos que sufren. Piedad hermanada con el sacrificio y la abnegación y tal como lo hizo en vida Víctor Armand Ugón, de quien dije alguna vez que no había conocido nada que fuera más parecido a un santo laico. En otras de sus obras –tan injustamente olvidadas por las nuevas generaciones– creo que es en Pedro Noziere, nos recuerda France el epitafio que, en la época de las musas, escribió una poetisa griega para un pobre pescador de Lesbos: “Esta es la tumba del pescador Pelagon. Se ha esculpido aquí una barca y una red, monumento de una ruda vida”. Si algún día, para eternizar en justo recuerdo la vida de este gran amigo que fue Víctor Armand Ugón, se esculpiera en la losa que cubre desde hoy sus restos, no podía ser sino su nombre rodeado por la Piedad y un Corazón.

No podría terminar estas palabras con que, en nombre de sus amigos, despido a Víctor Armand Ugón, en medio de las lágrimas que asoman a mis ojos y que también ellos vierten, sin recordar lo que mi gran maestro el doctor José Irureta Goyena, dijo en uno de sus inigualados discursos, al hacer el elogio del doctor Alfredo Navarro, mostrándolo frente a “los miles de enfermos a quienes desvió del gran abismo o retuvo en sus bordes, o les vendó piadosamente los ojos, para que al caer en él, tomaran la caída por un vuelo; lo que le debe por los miles de afligidos en quienes avivó la llama de la vida o encendió la de la esperanza, al encontrar la de la vida apagada”; pero, donde además tejió el más cumplido elogio del médico, en estos ajustados conceptos: “No importa que el médico sea tres veces sabio, con tal que resulte seis veces piadoso, el corazón juega en la medicina un rol casi tan grande como la cabeza: el primero, cicatriza, anestesia, embalsama las heridas que ésta no puede curar. No existe más noble profesión en el mundo... Noble, porque el médico se acerca a su semejante en el momento en que este desearía alejarse de si mismo; noble, porque no deja que el fruto se desprenda del árbol antes de su madurez; noble, porque no falta nunca, en el minuto trágico del desprendimiento; noble, porque sonríe cuando las lágrimas hierven en sus párpados, porque habla cuando quisiera hundirse en el silencio, porque consuela cuando se necesita consuelo... La abnegación no conoce esclavo más sumiso, ministro más obediente, siervo más fiel. Está enfermo y debe curar; es viejo y debe prometer reservas de vida a los jóvenes; siente los párpados pesados y debe luchar contra el sueño...”.

Constituyó un hogar ejemplar: fue un esposo modelo, un padre excepcional, un abuelo con todas las ternuras y un amigo insustituible.

Non omnis moriar. Entre sus amigos, entre sus colegas y entre sus discípulos, subsistirá por muchos años el recuerdo de Víctor Armand Ugón. Descansa en paz, noble y gran amigo.

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Prof. Dr. Eduardo C. Palma
en nombre de las Sociedades de Cirugía y de Tisiología y Enfermedades del Tórax del Uruguay

Profundo dolor embarga a las Sociedades de Cirugía y de Tisiología y Enfermedades del Tórax del Uruguay por la pérdida irreparable de uno de sus miembros más ilustres.

El Dr. Víctor Armand Ugón fue propulsor fundamental y un pilar esencial en ambas instituciones, a las que contribuyó a consolidar, elevando grandemente su prestigio y alta consideración nacional, en el plano científico y social.

Oriundo de Colonia Valdense, nació con el siglo, integrando la generación del 900, que en el eje de los siglos inició la transformación de la ciencia y de nuestra sociedad contemporánea.

Luego de cursar brillantemente sus estudios secundarios en el liceo de Colonia Valdense, al impulso de su naciente y dominante vocación médica realizó sus estudios superiores en la Facultad de Medicina de Montevideo, donde se destacó por su gran capacidad, responsabilidad y solidez de conocimientos.

Actuó en los organismos de Salud Pública durante más de 50 años, iniciándose en 1921 como Practicante Interno de los hospitales, por concurso de oposición; desde muy joven integró los cuadros médicos de la Asistencia Pública Nacional, para luego obtener, también por concurso, el cargo de Médico Interno del Hospital Fermín Ferreira. Ha brindado desde entonces incansablemente lo mejor de su vida profesional y científica al Ministerio de Salud Pública y a una legión inmensa de enfermos de todo el país.

Su vocación quirúrgica se manifestó desde muy joven, integrando en primera fila el equipo de cirujanos de la Clínica del Profesor García Lagos, constituyéndose desde el comienzo en su brazo derecho y colaborador principal, actuando como Subjefe del Servicio. Allí lo conocimos, en 1928 y durante más de 40 años pudimos valorar sus extraordinarias condiciones de Cirujano y Espíritu Superior, siguiendo paso a paso su carrera quirúrgica y su labor científica y aquilatando a la vez su gran cultura, su humanismo, su hombría de bien y su devoción sincera por la amistad.

Sus inquietudes de superación científica y su visión certera sobre las posibilidades de extensión de la cirugía a nuevos campos terapéuticos, hicieron que hace casi medio siglo percibiera la importancia y trascendencia de la cirugía especializada del tórax. Sus relevantes condiciones de cirujano y su capacidad pragmática hicieron posible que iniciara la Cirugía del Tórax en el Uruguay, en el Hospital Fermín Ferreira y en la Facultad de Medicina, en la Clínica Quirúrgica del Prof. García Lagos.

Formó una verdadera escuela de Cirugía del Tórax. A su lado actuaron una serie de jóvenes, que con su ejemplo y sus enseñanzas lograron capacitarse en cirugía general y especializada, pudiendo colaborar con eficacia en la asistencia y en la docencia, en el Ministerio de Salud Pública y en la Facultad de Medicina.

Con su capacidad y tesón proyectó y creó el Instituto del Tórax, realizando una obra extraordinaria. Fue un maestro que derramó el bien a manos llenas y formó discípulos, actuando con gran sabiduría, perseverancia y generosidad.

Publicó numerosos trabajos científicos sobre diversas lesiones mórbidas y su tratamiento quirúrgico, principalmente en Patología Pleuro-Pulmonar y en Cirugía Torácica. Inició y desarrolló la Cirugía de la Tuberculosis Pulmonar en el Uruguay, estableciendo con precisión las indicaciones y la técnica de las toracoplastias, la frenicectomía, las resecciones pulmonares segmentarias o lobares y las neumonectomías.

Enseñó con profundidad y gran experiencia las indicaciones respectivas del tratamiento, médico, quirúrgico o combinado de la Tuberculosis Pulmonar. Lo mismo realizó con los procesos supurados Pleuro-Pulmonares. También fue un precursor y pionero en el tratamiento quirúrgico del Cáncer del Pulmón.

Sus trabajos de patología, clínica y cirugía de la Hidatidosis Pulmonar y de sus complicaciones, representan la culminación de su obra científica. Su técnica de tratamiento del Quiste Hidático Pulmonar, es conocida universalmente y citada como el procedimiento de Armand Ugón, del Parto Hidático.

Su libro “El Tórax” representó un gran avance en el conocimiento y tratamiento de numerosos procesos mórbidos y proyectó gran prestigio y honor sobre la Medicina Uruguaya y su Escuela de Cirugía Torácica.

La Facultad de Medicina reconoció su gran valor técnico y científico y lo designó Profesor Ad-Honorem de la Facultad, cuando ya había conquistado por sus propios merecimientos y la obra realizada, la categoría de Maestro de la Cirugía y Medicina Nacional.

Fue Presidente eficaz, activo y ecuánime de la Sociedad de Cirugía, de la Sociedad de Tisiología y Neumología, y del Congreso Uruguayo de Cirugía.

El reconocimiento internacional a su capacidad y experiencia determinó que fuera relator de Congresos Argentinos de Cirugía y conferencista en cursos de perfeccionamiento en Argentina, Chile y Brasil.

Presidió la Comisión Honoraria para la lucha Antituberculoso durante muchísimos años, hasta su muerte, realizando una gran labor médica y social, poniendo de manifiesto su capacidad de organizador, su amplitud de criterio, su bondad y su altruismo generoso.

Humanista, con vasta cultura general y firmes convicciones democráticas, integró con honor el Poder Ejecutivo de la Nación desempeñando dignamente el cargo de Consejero Nacional de Gobierno.

El reconocimiento médico y colectivo lo había colocado en un elevado sitial científico y jerárquico, pero por encima de sus grandes merecimientos personales, brillaron aún más sus condiciones superiores de hombre, por su bondad, espíritu de sacrificio de si mismo, su dedicación, su amor por los humildes, su espartana sencillez, su honradez, su generosidad, su devoción leal por la amistad.

Víctor, querido Víctor, gran cirujano, noble amigo, tu obra perdurará en tus realizaciones científicas y en tus discípulos y tu recuerdo en la legión de seres agradecidos por el bien que les hiciste y en el sentimiento de tus amigos que te quieren con sentido de eternidad.

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Prof. Dr. José P. Ibarra
Director del Instituto de Tisiología y Cátedra de Clínica Neumológica

El homenaje recordatorio de los hombres que forjaron hechos y aconteceres de la vida nacional no es un dictado de la idiosincrasia colectiva.

Es, sí, un propósito que emana de una valoración selectiva de los órdenes jerárquicos que promovieron sus realizaciones en el escenario nacional.

La magnitud y relevancia del homenaje se correlaciona con las dimensiones del surco que forjaron y con la calidad de la simiente que en él depositaron.

Víctor Armand Ugón, deja una senda de marcados relieves por la que no transitó solo. Su personalidad tiene a semejanza de los prismas, múltiples y salientes aristas, cada una de las cuales marcó indelebles trazos en su augusto escenario que perdurarán con toda su trascendencia con el pasar del tiempo.

Pero de todas esas aristas que instrumentaron su geometría intelectual, destaquemos una que se vincula con la actividad docente de nuestra casa de estudios: Armand Ugón creador y maestro único de la cirugía torácica.

Inicia esta actividad con todo el fervor de sus días mozos y cuando la cirugía de tórax prácticamente no existía en el Uruguay y sólo desdibujados esbozos se conocían en el mundo entero. En consecuencia la comenzó aprendiéndola y enseñándola a la vez como el más auténtico autodidacta. Como tal tuvo, paradojalmente, que ser su propio alumno y su propio maestro. Iluminado con la aguda visión de una vigorosa inteligencia a la que unió una intuición genial consolidó su obra con la perfección con que la hacen los guiados por eximios maestros.

La estatura de su obra tuvo relevancia continental. Hemos dicho que no transitó solo su senda. Formó una sólida escuela de cirujanos de tórax que son hoy su imagen que transportan y seguirán transportando su luminosa antorcha que seguirá iluminando derroteros.

Víctor Armand Ugón no fue un educador de la cirugía de tórax, fue un maestro de ella.

No se circunscribió a la enseñanza de la técnica con perfiles académicos desnudos. Aunó a la enseñanza de su ciencia que contactaba con el arte, una serie de virtudes que sólo se encuentran en el maestro.

Las interpoló en el extenso hiatus que se extiende entre dos excelsos parámetros: la paternalidad y el señorío.

Superdotado, nunca le superó el imprevisto pasar del tiempo; su cirugía se irguió con igual adaptación a las imposiciones del pasado y del presente y deja un sólido cimiento para que se imponga en el futuro.

Víctor Armand Ugón deja su Cátedra poblada de excelentes discípulos, sin haber perdido la lozana frescura de su preclaro intelecto; era todavía el maestro, el único maestro de la cirugía torácica del país, aún no superado. No fue profesor titular de la Facultad de Medicina por incomprensible paradoja del destino. Fue primer cirujano del Instituto de Tisiología “Prof. J.B. Morelli”.

La Facultad de Medicina a la cual se dio con amplitud, generosidad, desinterés y lealtad le designó Profesor “Ad Honorem”.

Hoy le rinde este homenaje justiciero en esta aula en la que se enseña Neumología y cirugía de tórax y en la que aún persisten lejanos pero inextinguibles ecos de lo que en un momento fue su lección.

Deja en ella Víctor Armand Ugón un refulgente haz de luz que sumado a otras de distinto espectro harán diáfana la valla poblada de tinieblas que debemos sortear rectilíneamente, en estas horas oscuras de nuestra historia.

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Prof. Adj. Dr. Aníbal Sanjinés
en nombre del Instituto del Tórax

En el día de hoy, a un mes de la desaparición física del Prof. Víctor Armand Ugón, la Facultad de Medicina rinde homenaje a la memoria del Maestro de la Cirugía Torácica en nuestro país.

Se nos ha conferido el inmenso honor de hacer uso de la palabra en este homenaje como cirujano del Instituto de Neumología.

Hemos sido discípulos de Armand Ugón desde que iniciamos nuestra concurrencia hospitalaria en el año 1939 en la Clínica Quirúrgica del Prof. Horacio García Lagos en el Hospital Maciel. En los últimos 20 años trabajamos ininterrumpidamente a su lado, en el Instituto de Enfermedades del Tórax. Somos discípulos de Ugón. Pero, ¿quién que se haya dedicado a la cirugía torácica o a la neumología no ha sido discípulo de Ugón? Todos ellos lo han sido de un modo directo o indirecto. La cirugía torácica en su totalidad y la neumología en muchos de sus aspectos, han tenido en Ugón, un auténtico Maestro.

Fue un extraordinario docente. Un docente a su manera, pero quien se acercó a él, siempre recibió una enseñanza. Enseñó ofreciendo siempre y de modo integral su extraordinaria experiencia y su raro sentido clínico. Siempre dando el consejo oportuno y certero, su ayuda en todo momento y su estímulo. Fue invalorable su alto grado de docencia en la acción quirúrgica. Para las generaciones venideras, su obra científica mantendrá viva su labor docente. Lamentablemente y de modo incomprensible no pudo impartir la docencia desde una cátedra propia de cirugía torácica en la Facultad de Medicina, a pesar de haber sido distinguido con el nombramiento de Profesor Ad-Honorem en el año 1948.

El Instituto de Enfermedades del Tórax se constituyó en su Cátedra, aún cuando dictó cátedra en cada una de sus actuaciones. Allí formó su escuela y por allí pasaron todos los cirujanos, sin excepción, que realizan cirugía torácica en nuestro medio. Pero no solo sus enseñanzas fueron recibidas por ellos, sino que las mismas traspusieron el límite de nuestras fronteras. Al Instituto concurrieron en diversas oportunidades cirujanos famosos de distintos países. Provenientes de América y de Europa, concurrieron a observar su trabajo. Diversos cirujanos y equipos quirúrgicos completos, realizaron demostraciones quirúrgicas en el Instituto que Ugón dirigiera.

De sus 48 años de actividad profesional, en los primeros 24 años su docencia fue impartida desde diversas cátedras de nuestra Facultad. Los últimos 24 años, lo hizo desde el Instituto de Enfermedades del Tórax. En la Facultad de Medicina, fue Jefe de Laboratorio de Clínica Quirúrgica desde el año 1924 hasta 1929. Fue Asistente de la Clínica del Prof. García Lagos, desde 1928 a 1943. Asistente de la Clínica del Prof. Larghero en 1944 y del Instituto de Tisiología en 1946. Médico Colaborador especializado en la Clínica Semiológica en 1955. Desde el año 1943 hasta 1946, fue cirujano 1° del Instituto de Tisiología en el Hospital Fermín Ferreira, por concurso de oposición. En el año 1948, es designado Profesor Ad Honorem de la Facultad de Medicina. Integró el Consejo de la Facultad desde 1934 a 1937 como Delegado de los Profesionales. Fue Delegado de la Facultad al Congreso Argentino de Cirugía en 1935.

Armand Ugón fue un cirujano torácico completo. Debe ser considerado un Cirujano de Tórax en la completa acepción del término, habiendo sido el iniciador y propulsor de la Cirugía Cardíaca en el país. Su nombre cobra la mayor relevancia internacional con su técnica del tratamiento del quiste hidático hialino de pulmón, así como con los múltiples aportes en la patología y cirugía de las Bullas de Enfisema y de la Cirugía del Enfisema, a la que puso el nombre de “Cirugía de la Diseña”.

No me ocuparé de sus numerosas publicaciones científicas, por todos conocidas. Haré una mención de su libro “Tórax quirúrgico”, publicado en el año 1938. Es de extraordinario valor y producto de su gran experiencia.

Lo he vuelto a leer después de su muerte, creyendo con esto, rendirle un homenaje. Todos los que actuamos en este campo de la cirugía, debemos hacerlo. De dicha obra, destacamos como fundamental los capítulos de “Empiema y Pioneumotórax”, el de “Quistes Congénitos del Pulmón” y el de “Formas quirúrgicas del cáncer pulmonar”. Empiema y pioneumotórax están tratados magníficamente. Son de actualidad. Describe allí, Ugón, su técnica personal de inyección de aire y lipiodol en la cavidad empiemática, es decir el “diagnóstico aerolipiodolado” con su consecuente aplicación en la terapéutica.

Cuando trata los quistes congénitos del pulmón, hace referencia a los quistes gaseosos, a las bullas de enfisema. Entre sus formas clínico-patológicas se ocupa de la “forma disneica”, en su forma paroxística o de disnea crónica. A este respecto dice: “...la cirugía de la disnea ocasionada por quistes pulmonares congénitos, como problema terapéutico que abre un campo inexplorado a la actividad quirúrgica...”. Sigue: “...si la disnea paroxística o crónica es determinada por trastornos: hipertensión con o sin hipertensión gaseosa intraquística que provoca compresiones del parénquima sano del mismo lado o del contralateral, por la labilidad del mediastino que siempre existe, está justificado recurrir a la intervención quirúrgica, como lo hemos aconsejado y practicado...”; “...es ésta una excepción del dogma clásico que establece que no se opera la disnea...”.

Relata una lobectomía parcial del lóbulo superior derecho, realizada el 18 de abril de 1938 por un quiste gaseoso gigante de dicho lóbulo. Aconseja en estos casos, la lobectomía subtotal, con criterio económico, limitándola a lo estrictamente necesario.

En el capítulo de “Formas quirúrgicas del cáncer pulmonar” hace tres observaciones que siguen teniendo plena actualidad. La primera de ellas: “...en nuestro medio, la opinión de los médicos es pesimista en exceso; para ellos no existen cánceres broncopulmonares operables...”. Dice además: “...el diagnóstico precoz y oportuno de estas formas quirúrgicas, es una de las conquistas más bellas y eficientes que haya realizado la cirugía torácica...”. Por último, se refiere a la toracotomía exploradora en estos términos: “...cuando después de un examen clínico minucioso, un estudio radiológico completo y una broncoscopía, persisten dudas sobre la naturaleza de una lesión pulmonar que aparece -en un adulto que pasó los 40 años, está indicado el empleo de una toracotomía exploradora...”.

Por iniciativa del actual Decano, Profesor Carlevaro, la Facultad de Medicina crea la especialidad quirúrgica, lamentablemente muy tarde y nos toca a nosotros ocupar el cargo de Profesor Adjunto de Cirugía Torácica. En el desempeño de nuestra función, el Departamento de Cirugía nos solicita la organización del Curso de Perfeccionamiento de “Cirugía del Tórax” para Graduados, el pasado mes de octubre. Pensamos que nadie mejor que Armand Ugón podía iniciar este curso. Le solicitamos que lo hiciera, lo que acepta complacido de inmediato. El viernes 6 de octubre a las 18 horas, dicta su clase sobre: “CONDUCTA FRENTE AL EMPIEMA PLEURAL”. Nos regala a todos con el privilegio de su experiencia. Fue su última clase, pero de recuerdo inolvidable. Ugón siempre colaboró en toda actividad docente. Últimamente fue consultado sobre la integración del Instituto de Neumología con el de Enfermedades del Tórax. Su aceptación fue amplia.

Era un hombre de avanzada edad, pero de mente joven. Con permanentes inquietudes. Sin egoísmos. Lector infatigable, gran estudioso. Ello le permitía ampliar aún más su ya amplio horizonte científico e impulsarlo por caminos nuevos. Compartía el sufrimiento humano.

Acudía siempre al lado del paciente que lo necesitara o del médico que solicitaba su consejo. Con la misma devoción actuó en el Hospital, como en la esfera privada. Era tocante verlo en acción con un niño o un anciano enfermos. Desde hace muchos años su salud estaba quebrantada. Podía haberse retirado o haber disminuido su actividad. No lo hizo. Creemos que frente a la Ley del Todo o Nada, él optó por el Todo, hasta el último momento. Creyó que debía seguir rindiendo el máximo y es así como regaló su vida. La regaló a sus pacientes, a la sociedad entera, a nosotros sus discípulos. Aceptamos con rebeldía este regalo inapreciable y nos comprometemos en la medida de nuestras fuerzas a ser dignos de su amistad y a mantener siempre viva la luminaria de su vida.

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Dr. Orlando F. Colombo
en nombre del Rotary Club de Montevideo y de sus colegas

El 8 de octubre de este año 1972, se cerró el ciclo vital del Profesor Dr. Víctor Armand Ugón, a los 72 años de edad, pues había nacido el 14 de mayo de 1900, en Colonia Valdense fundada por su padre, Ministro Evangélico que tal vez su obra social, familiar y educativa no tenga un parangón en el mundo entero; pues fueron 12 sus hijos, los cuales todos llegaron a graduarse: médicos, abogados, maestros, etcétera, siendo Víctor el menor de ellos y fue un verdadero broche de oro que compaginó todo lo actuado e ideado por su padre y hermanos mayores.

Lo conocí en el Pasteur en el año 1925 ya titulado, luego de una brillante carrera universitaria superior y teniendo ya en su haber varios concursos de oposición ganados.

El Pasteur era un sector del ancestral Asilo de Mendigos reformado para adaptarlo a Hospital de Enseñanza Clínica, pues el clásico Hospital Maciel ya estaba colmado de estudiantes. Con todo, fuimos pocos los estudiantes en los primeros años allí inscriptos: no llegábamos a superar un par de decenas. Pero esto fue a nuestro favor en la enseñanza y formación médica futura, dado que esa enseñanza fue directa del Profesor al discípulo del tipo seminarístico como la preconizaba Rousseau. La Clínica Quirúrgica del Profesor Dr. Horacio García Lagos fue la elegida por el que esto rememora y el Dr. Armand Ugón, era su Jefe de Clínica.

El demostró desde su inicio sus condiciones superlativas de Hombre, de Médico y de Cirujano íntegro. Nuestro Profesor García lagos, máximo Magister, integral Maestro en todas sus facetas no solamente nos enseñaba y guiaba a todos nosotros sino que nos estimulaba y obligaba a nuestra superación.

Es de comprender que en este campo proficuo para la acción, Víctor Armand Ugón, un elegido del destino, pudo desde el principio hacer todo lo que se conocía e iniciar lo que ya tenía programado.

Dominó desde el principio toda la Cirugía General, que en aquel tiempo no tenía las limitaciones propias de las especializaciones actuales pero inició una senda nueva que hasta entonces tenía grandes limitaciones: la Cirugía Torácica.

El tórax encierra órganos vitales: el corazón, sus grandes vasos, los pulmones y conductos digestivos. Sólo era invadido quirúrgicamente en sus contornos periféricos, siendo el máximo de Cirugía, las toracotomías. Para evacuar los órganos de pus o de quistes, efectuándose resecciones costales que luego con la técnica de Sauerbruch, para tratamiento de ciertas formas de tuberculosis pulmonar fueron haciéndose más extensas. Armand Ugón vislumbró el futuro enorme que debía tener la Cirugía Torácica que la equiparaba a la abdominal. Y así fue pese a las dificultades ambientales de la época, empezando con el problema anestésico, que en su casi totalidad lo hacíamos local y regional.

La variedad de los enfermos enviados para tal evento, cuando ya todas las limitadas medicaciones terapéuticas habían fallado, instrumental quirúrgico, sala de recuperación post-operatoria, etc., todo faltaba, Armand Ugón luchó contra todas esas dificultades, paulatinamente las fue venciendo y superando. Es así que fue el primero en abrir el pericardio tuberculoso para sacar las fibro-adherencias en 1927: el primero en sacar un pulmón canceroso en 1933; en reformar la operación del quiste hidático del pulmón que se hacía en 2 o 3 pequeñas secciones que eran simples punciones evacuadoras en una Quistectomía total a cielo abierto, al igual en los procesos supurativos de esta víscera empleando primero la cauterización luego del amplio drenaje, técnica hoy reconocida mundialmente.

Fueron tres decenios continuados de esta proficua labor, que ya tuvimos la suerte y el honor científico de compartir hasta llegar con los adelantos de la ciencia en sus facetas de anestesia general, carpas de oxígeno, antibiosis, transfusiones de sangre y plasma y salas especializadas de recuperación al éxito máximo de conquista como en las habituales intervenciones de otros sectores del organismo.

Todo fue obra del Profesor Dr. Víctor Armand Ugón, desde el año 1925, en que ganó además un concurso de médico tisiólogo en el Hospital Fermín Ferreira hasta que fue nombrado Jefe de Servicio del Hospital Saint Bois, donde creó una Clínica que podemos afirmar no fue superada en ningún otro país del Universo, porque además Armand Ugón supo no solamente rodearse de grandes colaboradores, sino que nos estimulaba a todos de una manera integral, con sus modalidad que era el marco integral de su personalidad, de tono suave y persuasivo que es lo más grande.

Para el que se inicia en esa labor futura de tal envergadura, jamás un gesto adusto demostró una desaprobación de una falla, siendo humano de efectuarla, de sus colaboradores, jamás vi en 47 años que estuve a su lado cambiar el ritmo normal; los movimientos acompasados y rítmicos de su técnica quirúrgica ni levantar el tono de su voz durante todo el acto operatorio, fuese este de pequeña o grande entidad sobrepasando muchas veces varias horas en su duración, lógico motivo de cansancio y a veces de sensible irritabilidad frente a una emergencia complicatoria tan frecuente con este tipo de intervenciones.

Lo dije en otras oportunidades y aquí lo repito: en mi trayectoria por decenas de Clínicas Quirúrgicas de nuestro país y otros de América y Europa no he visto un cirujano que superara en técnica al Profesor Dr. Víctor Armand Ugón. Aunando todo esto a su paralela acción social de Profilaxis y Lucha Antituberculosa, como Presidente de la Comisión Honoraria desde 1956. Sus múltiples vinculaciones en hospitales y sanatorios, pasados en especial en el Español donde desde nuestra iniciación hasta su final seguimos vinculados, nos obliga no solamente a exponer nuestra congoja frente a su imprevista desaparición, pues todavía ejercía su máxima acción de Maestro en todos los sectores, sino a afirmar que su obra que por suerte no solamente está escrita en poderosos libros, sino haber trasmitido a los centenares de discípulos (de su casi 5 decenios practicados), que donó a su Patria y la continuaron en un todo según sus enseñanzas.

Esa es su gloria y es la que reverenciaremos mientras duren nuestras vidas. La obra de los Hombres Grandes, se hacen inmortales cualquiera sean sus motivos: El Arte, la Ciencia en sus múltiples facetas, pero la Medicina que actúa con lo más noble que es La Vida Humana tratando de conservarla lo más posible y en sus perfectas condiciones, debe ocupar lugar preferencial en el recuerdo de sus grandes cultores y creadores del tipo de nuestro Maestro Profesor Dr. Víctor Armand Ugón.

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Dr. Lucio Malmierca
en nombre de Pro-Cardias

Señores: oigo las apreciaciones que se exteriorizan en este acto y las puntualizaciones que sintetizan valores ejemplares de una vida definida, la del Prof. Dr. Víctor Armand Ugón, que yo diría forman una etapa.

Ahora se inicia otra; el ciclo de la inmortalidad que tienen los grandes.

Señores: con pesar estamos forjando para las generaciones leyenda de honor que surge en apretado balance con vuestras expresiones. Procadias está presente y su buril pronto a colaborar en la roca de la Historia.

La jerarquía de su actuación en el intercambio entre la Institución que presidía y la Fundación Procardias, marcó rumbos en la colaboración.

El Presidente de la Comisión Honoraria para la Lucha Antituberculosa, fue para la Institución que represento en este acto, el que mayor beneficio nos prodigó lo que es para Procardias un deber destacarlo.

Tan angustiados estamos como los que fueron sus colaboradores directos, discípulos, colegas, amigos que disfrutamos de la jerarquía del Maestro. Del quien fuera también para el Uruguay, el primer cirujano cardíaco.

Siendo Profesor reclamaban a quien fuera capaz de extraer una bala del corazón a un ya desfalleciente y Víctor Armand Ugón salvó esa vida.

Era ese Profesor de características tan peculiares quien iniciaba esa modalidad quirúrgica y su bondad y sencillez por la ciencia y el arte que ponía en la formación de futuros maestros, creaba también el sublime culto de la fraternidad. Señores la cirugía ha de imprimir su actuación brillante, en su libro de oro.

Señores, las palabras están demás, la angustia nos anula.

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Sr. Darwin De Olivera
en representación de la Asociación de Funcionarios de la Lucha Antituberculoso

En nombre de la Asociación de Funcionarios de la Lucha Antituberculosa, quiero -expresar el tremendo dolor que nos angustia ante esta realidad inesperada, agobiadora.

Nuestro Presidente, Don Víctor Armand Ugón ha muerto. Tan simplemente como las palabras, tan abrumadoramente. Ha muerto nuestro Presidente.

Nuestro, sí, porque fue nuestro amigo, ya que de él recogimos lo mejor de su amistad: la sinceridad. Nuestro, sí, porque fue nuestro permanente orientador en la lucha gremial y porque de él obtuvimos lo mejor para nuestra vida comunitaria.

Desde largos años -tan breves se vuelven hoy- nos dirigió con auténtica jerarquía, sencillamente. Con su modalidad tan particular que lo identifica con los predestinados a hacerse amar y respetar. Con la convicción que surgía de su honestidad; con la sagacidad que era el fruto del conocimiento del alma de la gente; con justeza que dimanaba del sentido de solidaridad humana forjado en el dolor y en la comprensión del dolor de sus semejantes.

Por eso lo quisimos y por eso todos lloramos hoy aquí, de pie, como se deben llorar a los hombres que han servido a otros hombres con el más grande y humilde amor, pero con la rebeldía que trasciende la aceptación de lo irreparable.

Para usted, Don Víctor, todo es el fin o el comienzo, más allá de lo humano en una eternidad que lo protege.

Queda para nosotros, la dimensión total de su vida con una herencia de admiración y cariño que lo ha de sobrevivir en el tiempo... y un gran dolor, como una roca erguida, habitada por nuestro permanente recuerdo emocionado y maduro.

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Dr. Orlando M. Pereira
en nombre del Sindicato Médico del Uruguay y del CASMU

Señoras, señores:

El Sindicato Médico del Uruguay y el Centro de Asistencia del Sindicato Médico del Uruguay desean expresar su congoja por el alejamiento del amigo Prof. Dr. Víctor Armand Ugón.

Desde la aparición del SMU surge vinculada a su historia la figura y personalidad de Don Víctor Armand Ugón. Y en esos 50 años de lucha permanente, infatigable, acompañó, creó, moldeó, sin una pausa, la gesta magnífica del SMU y de su Centro de Asistencia. Acompañando al visionario Carlos María Fosalba soñaron una nueva aurora para la medicina social. Una Medicina de alto nivel para grandes núcleos de medios limitados, y ese sueño se plasmó en realidad a través de trabajosas jornadas que realizaban el milagro de atraer las grandes figuras del quehacer médico al área de la medicina colectivizada, y ese hecho que todavía no ha sido totalmente analizado, de cómo la idea de una medicina mejor se transformaba en un credo y movilizaba creando conciencia, fue posible porque se unieron al visionario los que con claro sentido de la realidad hicieron posible la obra.

Era necesario “idealismo y acción” y Don Víctor estaba entre ellos y sin desmayos, sin concesiones, luchó y consiguió que fuera realidad la idea.

No sorprendió entonces que fuera el Primer Cirujano y luego el Jefe magnífico de magníficos cirujanos que se enrolaba en la etapa de cambio de la medicina colectivizada.

Su personalidad atraía por su autenticidad, por la naturalidad con que sugería las ideas que parecían tan naturales que no destacaban al mentor.

Supo aprender, su mente clara, comprendió que la evolución necesaria debía darse en todos los sentidos, la investigación, la asistencia, el arte y el apoyo al estudiante, al joven médico, ante el enfermo o en el acto quirúrgico; pero todo dentro de un contexto: la colectividad.

No es fácil el tránsito de la medicina individual a la colectiva, si no se posee clara conciencia social y se está despierto para percibir el cambio.

El despojarse del ropaje que da la medicina individual, los halagos y vanidades que en grado variable la acompañan, no es tarea simple, aunque se haga simplemente.

Cuando se planteaban dudas sobre si se debía o no adquirir el Sanatorio N° 2 “Dr. Constancio Castells” el consejo del Cirujano Jefe pesó y decidió. Y esa opinión tuvo la simpleza de un paso más para seguir el camino.

Fue amigo, y si su prestigio científico desbordaba las fronteras, su verdadera amplitud la adquiría en los corazones de aquellos que ayudaba. 

No se quedó en Profesor; fue Maestro. La muerte no es el fin de todo, sino el principio. Don Víctor, seguimos contigo.