José Luis Bado

(1903-1977)

Antonio L. Turnes

José Luis Bado, médico uruguayo nacido el 8 de julio de 1903 y fallecido el 19 de diciembre de 1977, fue el auténtico fundador de la Ortopedia y Traumatología modernas en el Uruguay.1

Su nacimiento fue en Montevideo, en la zona del Cordón, transcurriendo su infancia y juventud en Uruguay y Ejido, inscripto en la 5ª Sección judicial. Hijo de José Bado, comerciante, y de Rosa Penadés, hija de un conocido industrial. Fueron tres hermanos: Ramón, abogado, hacendado y ministro de Ganadería y Agricultura, José Luis, médico y fundador del Instituto de Traumatología y Ortopedia, y Augusto César, abogado, político y Ministro de Estado en varias carteras, entre ellas la de Interior durante la Dictadura de Terra.2

José Luis Bado ingresa a la Facultad de Medicina en febrero de 1922 y se gradúa en seis años, en diciembre de 1928, con medalla de oro y exoneración de los derechos de título, en mérito a su elevada escolaridad. Mientras estudia, es ayudante de Anatomía Normal en 1924, honorario de Anatomía Patológica en 1926, y en 1927 titular por concurso de oposición; en 1926 es profesor titular de cursos sintéticos en la Universidad de la República, mediante concurso de oposición, materia que posteriormente se denominó filosofía de la ciencia, por inspiración del Rector Dr. Carlos Vaz Ferreira.3 En 1931 publica el texto que será utilizado luego por los estudiantes de Derecho. Durante dos años es practicante interno del Hospital Militar, desde 1926, y practicante interno suplente de la Asistencia Pública. Con la medalla de oro al graduarse, obtiene una beca de viaje por el ejercicio 1928-1929.

Tempranamente concurre a la clínica quirúrgica, del Prof. Dr. Lorenzo Mérola, recientemente designado para ocuparla en el Hospital Pasteur, a quien considera su maestro y amigo. Actúa primero como adscrito y luego del concurso de oposición como jefe de clínica. En 1930 obtiene por concurso de oposición el cargo de Jefe de trabajos prácticos del Instituto de Cirugía Experimental.

Desde las primeras décadas del siglo XX la escuela de Ortopedia de Rizzoli, en Bologna, Italia, había generado fuertes vínculos en el Río de la Plata, especialmente en Buenos Aires. Varias generaciones de jóvenes cirujanos fueron a Italia, cautivados por Alejandro Codivilla (1860-1912). Sucedido por Vittorio Putti (1880-1940), en uno de sus viajes a esta región, obtienen una beca de estudios en 1933, José Luis Bado y Domingo Vázquez Rolfi. Luego de una larga estadía en el Instituto Rizzoli, visitan diversos servicios en Austria, Alemania, España, Francia e Inglaterra. Pero en palabras de Bado, “El profesor Putti debe ser considerado como el verdadero maestro creador de la ortopedia en el Uruguay”.

De este Maestro, diría Bado en su clase inaugural, en el Aula Magna de nuestra Facultad de Medicina, el 27 de junio de 1952: 
“Estas mismas paredes y esta misma bóveda nos devolvieron el eco de su voz serena, firme, enérgica, que aún cuando enseñaba tenía las modulaciones de una orden. Nacido en Bologna la docta, patria de tantos otros hijos preclaros: Luigi Galvani, Carducci, Marconi, Rossini, el profesor Putti dirigía el Instituto Rizzoli, uno de los centros de investigación y de estudio más notables del mundo… Dedicó su vida a una disciplina de la ciencia a la que dio jerarquía y elevó de rango, adjudicándole, con el gesto del vencedor tras larga lucha, el sitio de honor que le corresponde entre sus hermanas que hasta entonces la habían pretendido disminuir con fraguadas diferencias de abolengo. Impuso su vida independiente y digna; aseguró su presente lleno de realizaciones y creyó en su porvenir, con fe inquebrantable. Y como era tan fundamental definir las fronteras de un nuevo estado libre dentro del vastísimo campo de la ciencia, como preparar quienes pudieran defenderla después con honor, enseñaba a los demás. Y si la muerte no lo hubiera arrebatado joven aún, podría seguramente contemplar con orgullo el resultado de su esfuerzo. Sus discípulos se diseminaron por doquier, y son ellos los que recuerdan su memoria desde la cátedra de la Facultad de Medicina de San Pablo, de la Facultad de Medicina de Buenos Aires, de la Cátedra de Córdoba, de Rosario, de La Plata, de Santiago de Chile. Y, por último, también es hoy uno de sus discípulos el que le rinde homenaje”.4

Y en relación a su vocación, decía así, en la misma ocasión: 
“Y fue así que elegimos nuestro camino, excitados por la emulación, esa gran provocadora de vocaciones, que encauza a la aptitud y le da dirección definida, obedeciendo a su tentación dominadora. Pero no fue nuestro camino elegido, de comienzos veleidosos y cambiantes, no hubo modificaciones en la elección, titubeos, tentativas defraudadas, abandono de las orientaciones, desgano o desengaño, como los que perturbaron seguramente a aquel genio del teatro griego, que pasó sucesivamente durante largo período de tiempo por las fatigas del atleta, el pincel del artista, la tribuna del orador y la toga del filósofo. Fue la nuestra, orientación definida, única, dominadora y exclusiva, sin incertidumbres ni vaguedades”.

Jóvenes y llenos de entusiasmo, comprendieron que a su regreso a la patria, debían iniciar un camino nuevo, independizando la Ortopedia y Traumatología, que hasta entonces había sido la “cenicienta” de los Servicios de Cirugía. No sin arduos trabajos, lograron los apoyos necesarios, de distintos organismos, en una época dura y difícil. Primero en la Sala 11 del Pasteur, del Servicio del Prof. Dr. Eduardo Blanco Acevedo, que a la sazón era el Ministro de Salud Pública, iniciaron en 1935 el proyecto de erigir un Instituto de Ortopedia, que sería financiado por el Banco de Seguros del Estado, para atención de los traumatizados del trabajo. Pero ese proyecto quedó trunco por la decisión del Banco de optar por soluciones más económicas, hasta que más adelante, el Ministro Prof. Dr. Juan César Mussio Fournier, dio los apoyos indispensables para que la obra se concretara, en el mismo predio de la Quinta de Cibils, el gran solar ubicado entre las Avenidas Italia y (hoy) Dr. Alfredo Navarro, y las calles (hoy) Dr. Manuel Quintela y Gral. Las Heras. El mismo predio donde se levantaba el Hospital de Clínicas. El mismo Arquitecto Carlos Surraco, que fue autor del proyecto del Hospital de Clínicas. El Instituto se inaugura el 28 de junio de 1941.

Para ello, y todos los trabajos previos, Bado y Vázquez Rolfi, se rodearon de un conjunto de jóvenes médicos, talentosos y trabajadores, formaron estudiantes de enfermería para hacerse cargo de la nueva tarea, y revolucionaron la forma de atender al paciente fracturado y deformado, joven o viejo, niño o adulto. Haciendo una atención integral, donde el médico de guardia era a la vez radiólogo y cirujano, generando y resolviendo no pocos conflictos con una visión cristalizada y hegemónica de la época, que aún dándole escasa importancia, pretendía retener para el dominio de la clínica quirúrgica, una especialidad que ya había adquirido la mayoría de edad. A ellos se sumó Nino Valentín Zucchi, joven y talentoso técnico ortopédico del Rizzoli, que vino a apoyar, desde 1938, el nacimiento y crecimiento del Instituto. 

Junto a Vázquez Rolfi, Hebert Cagnoli, Pedro Víctor Pedemonte (pionero de la cirugía reparadora, continuado luego por Jorge De Vecchi), Ricardo Caritat Larrar, Pedro Rivero Arrarte en fisioterapia, y con la colaboración de distinguidos colaboradores honorarios externos, como los Profesores Raúl Piaggio Blanco (como internista), Pedro Larghero y los Dres. José Luis Roglia (como cirujanos), Alberto Schunk (como urólogo), Isidro Más de Ayala (psiquiatra), Víctor Soriano (neurólogo), Juan Carlos Oreggia y Jaime Sala López (ORL), Roberto Vázquez Callender (oftalmólogo) y Benito Olivera e Ignacio Ríos (odontólogos) se fue cimentando el trabajo del instituto. El Dr. Ricardo Caritat Larrar desde 1930 era médico ayudante de la Cátedra de Cirugía Infantil y Ortopedia, en el servicio de Cirugía Infantil y Ortopedia del Prof. Dr. Manuel Albo y luego del Prof. Dr. Prudencio de Pena, en el Hospital Pereira Rossell.

La Cátedra de Ortopedia y Traumatología, como unidad docente de la Facultad, inició sus tareas en 1952, mientras su creación se dispuso en 1946 por el Consejo de la Facultad, y se llamó a concurso de oposición en 1950.

En todo ese tiempo, y en el que siguió a la consolidación del Instituto, fueron transformados, tanto en el ámbito público como en la actividad privada, los conceptos que habían presidido la atención de los pacientes con lesiones esqueléticas. Nuevas técnicas e ideas innovadoras, presidieron esa etapa, incorporándose los injertos óseos, los enclavijamientos y nuevos procedimientos de osteosíntesis, el tratamiento racional y rehabilitación de los amputados; el tratamiento de las facturas de columna vertebral, con el que el Maestro hizo aportes fundamentales al Congreso de Chile en 1940, en el tema de traumatismos raquimedulares; la sistematización del diagnóstico y tratamiento de los tumores óseos; al tratamiento de la luxación congénita de cadera, con la detección precoz en el recién nacido para iniciar tempranamente su corrección incruenta, y tantas otras técnicas que serían de utilidad mencionar y analizar para los seguidores de esta Escuela.
Resulta particularmente interesante ver un aspecto de trascendencia social, cual es la participación que le cupo a Bado y su equipo en la asistencia médica de grandes catástrofes naturales registradas en su época, y a través de las cuales se materializó la solidaridad de Uruguay como país. El 15 de enero e 1944 tuvo lugar un terremoto en la ciudad de San Juan, República Argentina, que destruyó prácticamente esa ciudad. Ubiquémonos en ese momento histórico de la región y el mundo. Plena guerra mundial, y el surgimiento del movimiento peronista. El Presidente uruguayo, Dr. Juan José de Amézaga, con su ministro de Salud Pública, Cr. Mattiauda, dispuso el envío de una misión de auxilio y asesorado por el Dr. Fernando Etchegorry, prominente cirujano de su época, encargó a Bado que con carácter de urgente organizara y trasladara al lugar un equipo lo más completo posible para dar socorro.5 El 9 de agosto de 1949 un terremoto devastó una amplia zona de Ecuador, con epicentro en Ambato. En ese momento, el presidente de la República, don Luis Batlle Berres llamó personalmente al Dr. Bado a las diez de la noche, para que organizara inmediatamente la misión que partió al día siguiente del aeropuerto de Carrasco.6 En diciembre de 1971 un terremoto azotó Managua, capital de Nicaragua, concurriendo una misión encabezada por el Prof. Dr. Jorge García Novales, acompañado por los Dres. Suero, Silveri, Vaeza y Pirotto, como cirujano general el Prof. Dr. Julio César Priario, la nurse Baridón, el enfermero García Larriera. En la ocasión fue el gobierno de Juan María Bordaberry y su Ministro de Salud Pública Dr. Pablo Purriel, quienes realizaron el encargo de la misión de auxilio.

Uno de sus discípulos7 recordaba el ambiente que él conoció en el Instituto de Ortopedia y Traumatología, donde dice: 
“Allí se respiraba Bondad, Generosidad, Humildad, Devoción por el paciente, Disciplina, Rigor científico. Nada se hacía por cumplimiento frío de una obligación. Había alegría en la entrega de todos”.
“¿Cómo conocí al Maestro? Corría el año 1948 cuando una mañana temprano se abrió la puerta del cuarto de practicantes que en aquella época era pasaje obligado para sala de operaciones. Apareció un hombre extremadamente alto, enfundado en su equipo blanco, con botas, gorro y tapaboca. Como interno suplente que era, me despierto de mi primera guardia (había ingresado en la tarde anterior por primera vez al Instituto) me levanto de un salto, saludo y me presento excusándome de hacerlo en paños menores. 
No me interesa tu ropa sino lo que vos sos o querés llegar a ser, apurate y seguime a sala de operaciones. Allí el Director fue durante toda la mañana camillero, enfermero, personal de limpieza, hablaba poco pero sus órdenes eran cumplidas en silencio. Me enseñó a hacer raquianestesias y le dijo a Nino Zucchi que me usara para ayudarlo a hacer los yesos. Dialogó con los dos cirujanos que operaban, hizo indicaciones y se retiró cerca del mediodía.
Más tarde, cuando me iba del Instituto, lo vi alejarse en una Vespa conducida por Marta, su hija, secretaria e instrumentista, la compañera de toda su actividad médica. Me fui a casa con ideas encontradas que no llegaba a ponerlas en orden. Ese hombre inspiraba respeto, autoridad y … no se parecía en nada a todos los profesores reconocidos hasta ese momento. 
Había en él algo de austeridad, de nobleza, de humildad que fascinaba. Ese día comencé a admirarlo. Las visitas generales de los lunes confirmaron mi primera impresión… y terminada mi suplencia de practicante interno ya había decidido hacer un semestre más allí y quizás en el futuro intentar seguir los pasos de aquel hombre, de aquel médico que cautivaba a todos los que trabajaban con él…
Don de mando, autoridad, humildad, cierta timidez que pretendía ocultar bajo la máscara de severidad era lo que primero impresionaba en él.
En épocas tristes de dictadura militar, sin saberlo ni el uno ni el otro, sin comunicarnos nuestro propósito, nos encontrábamos en la cárcel central a veces, en cuarteles otras veces, interesándose él por sus discípulos detenidos y yo por los que eran nuestros compañeros. Pienso que esto que nunca se dijo y debe saberse, por ello lo recuerdo”
.

Orador brillante e inspirado, deslumbró auditorios en todos los países por los que su presencia anduvo, representando a los ortopedistas uruguayos, en congresos y conferencias. Fundó publicaciones que se continúan hasta hoy. Estimuló el estudio permanente y la investigación de nuevas técnicas. Construyó sanatorios y organizó servicios especializados con esa perseverancia y firmeza de carácter que le permitían liderar todos los procesos exitosamente.

El arte de su elocuencia alcanzó alturas poco comunes para los Maestros de la Medicina uruguaya, circunstancia que mucho lo distingue. Cada pieza oratoria que se ha recogido, a lo largo de su vida, hace derroche de erudición y venero de conceptos ricos y meditados. Insistió sistemáticamente en la formación del profesional que dedicaría su vida a la Ortopedia, y a la particular dedicación a la pedagogía de quienes aspiraban ser profesores y maestros. En una disertación ante la Sociedad de Ortopedia y Traumatología del Uruguay, que él fundara, dedicó una exposición a “La Enseñanza de la Ortopedia y Traumatología”.8 

Decía en la ocasión: “Con orgullo de sabio pero sin vanidad de hombre Ramón y Cajal buscaba la originalidad solo con el noble propósito de aumentar los tesoros espirituales de la criatura humana y de abreviar así en algo la humillante distancia que la separa de los dioses”. Y en esta mística fiebre de engrandecer a su especie exhortaba así a sus alumnos: “Bueno es conocer el hombre y las propiedades de todas las flores, pero es mejor aún crear una flor nueva”. Admitió Cajal la cultura general pero despreció el enciclopedismo exagerado. El espíritu pierde en profundidad lo que gana en superficie y él no era hombre de vivir en la corteza de las cosas. Los eruditos se alimentan con las cáscaras que dejan los genios al traspasar los fenómenos; son como roedores del conocimiento humano. El maestro incitaba a sus alumnos a desarrollarse libremente ya que toda tutela exagerada tiene propiedades atróficas. Todo espíritu como todo órgano tiene sus estímulos específicos que son los que garantizan el ritmo del más valioso rendimiento y así lo comprendía cuando aconsejaba: “Quien aspira a la robustez y originalidad mental debe criarse de cara al sol lejos de árboles protectores. La única pasión a la que debe obedecer es la búsqueda de la verdad”.

Y refiriéndose a la formación del docente, afirmaba: 
“Hoy en día en muchas Escuelas de Medicina se presta relativamente poca atención a las aptitudes del educador, en la selección de profesores y Jefes de Departamento. La erudición en una asignatura determinada es el criterio principal; la productividad que pueda ofrecer en investigación y el número de publicaciones que haya producido constituyen las pruebas. Suponemos que la erudición en un campo limitado y la experiencia obtenida mientras se vive en el medio universitario harán el buen maestro. Por fortuna o por desgracia esto sucede en un número suficiente de casos que nos alientan a olvidar los demás. Sin embargo, es necesario pensar que debe hacer también una preparación para llegar a ser maestro o profesor, un cultivo inspirado desde luego en una predisposición natural que a veces, en su amplitud, llega hasta desbordar todos los demás complementos y aparecen como calidad esencial. Estamos convencidos que se ha reconocido tardíamente –si es que se ha hecho- la eficacia creciente que podría obtenerse de un nuevo tipo de preparación de los profesores y si cada profesor de medicina dedicara una parte mínima de su tiempo académico libre a la ciencia y al arte de la enseñanza; los estudiantes y la Escuela se beneficiarían enormemente. Desde este punto de vista ya se han iniciado en diferentes países, métodos de adiestramiento para los profesores, cuyos resultados alientan a seguir en ese camino. Una de las preocupaciones más importantes del maestro es ayudar o enseñar al estudiante a pensar. ¿Qué se puede hacer para ayudar a los estudiantes a fomentar su capacidad de pensar, razonar y juzgar?
En primer lugar, los elementos básicos del pensamiento son las palabras y los conceptos que éstas simbolizan. En general los maestros parecen creer que una vez que han pronunciado sus palabras mágicas el estudiante se orientará respecto a la materia y tendrá una base para comprender y pensar. El alumno incorpora fielmente la definición en sus apuntes, la memoriza y ahí termina todo. En realidad no está todavía en condiciones de absorber ideas mediante palabras extrañas, sean éstas verbales o escritas. Parecería que es preferible que el primer caso que se dé con un nuevo tema sea una experiencia, una historia, un hecho o un concepto; las palabras seguirán entonces sin dificultad. La experiencia es más importante y eficaz que la habilidad para dar expresión oral a una definición. Las palabras y las definiciones deberán ser las últimas fases del aprendizaje y no las primeras”
.

Y en los últimos tramos de esta hermosa exposición, decía: 
“Saber filosofar es tan útil al médico como conocer bien el pulso de los enfermos. Es necesario repetir todavía una vez más que filosofía es, en esencia, afán de conocimiento y no conocimiento mismo.
En los últimos años se comienza a entrever la imagen de una medicina del futuro, acorde con el adelanto tecnológico formidable de la era espacial que estamos viviendo. La colaboración cada vez más estrecha entre médicos e ingenieros ha dado ya algunos frutos proveyendo delicados instrumentos que modifican día a día el panorama de nuestra actividad. No es difícil vaticinar las perspectivas de una medicina en la que las computadoras reciban y almacenen toda la información disponible, analicen en cada caso los elementos de juicio y elaboren el diagnóstico o dictaminen la conducta a seguir. Pero aún si se concretase en el futuro esta ilusión, médico y enfermo como seres humanos que son, sentirán también, y aún con más fuerza, esa necesidad imperiosa e inevitable de ver y sentir por sí mismos. El hombre se encanta, se deleita con los destellos del intelecto, pero sólo es cautivado por las riquezas morales de una conciencia”
.

Una de sus últimas intervenciones públicas, pocos meses antes de su muerte, fue en el X Congreso Latinoamericano de Ortopedia y Traumatología, realizado en Rio de Janeiro, Brasil, en julio de 1977, titulado “Exhortación a la juventud”, y que en una Conferencia inaugural ante sus colegas y discípulos dejó estas palabras, dignas de un filósofo griego:
“No vive más quien más años vive, sino quien con superior maestría multiplica y repite los elementos de su actividad espiritual. La mayor extensión o capacidad de la vida como así su interés constante y lo llevadero de todo empeño en que se le invierte, para diversificarla y moverla, es lo que en realidad se necesita. Y no es sólo en el transcurso de los años y por sus sucesivos caracteres y modificaciones como este arte halla lugar de mostrarse; sino que dentro del término de cada jornada, en el contenido y disciplina de los días comunes, hay sujeto bastante para su aplicación. La total variedad de la existencia puede tener reducida imagen en cada una de esas experiencias diminutas que van del nacimiento del despertar a la muerte del sueño. Esforzáos en llegar a ser viejos con tiempo si deseáis ser viejos, durante mucho tiempo.
No es más viejo aquel que vive más ni es tampoco decrepitud e inútil esfuerzo: es expresión de una vida cumplida, pero no detenida, aún en movimiento y en Acción; la serenidad, calma del tiempo transcurrido en el trabajo, el esfuerzo y en la meditación. Es fuente de consejo cuya agua límpida y clara calma siempre al sediento y abrevia en suma si su voz es escuchada, los tropiezos con que la vida amenaza al joven al que hace recorrer caminos equivocados. Es como si lo adelantara en el tiempo y le enseñara años en plena juventud, lo que sin duda redundará en cabal beneficio.
Recuerden… Hay cuatro cosas viejas que son buenas: viejos amigos para conversar; leña vieja para calentarse; vino añejo para beber; libros viejos para leer. La advertencia halaga pues el atardecer trae consigo sus lámparas”

Y más adelante afirmaba: 
“He aquí otro consejo, jóvenes amigos: elegid la síntesis. Cada síntesis es una fuente de energía creadora, un asentimiento, una unidad, una afirmación de unión y correspondencia; trae siempre consigo algo nuevo. Está bien el análisis que disgrega, separa, descompone, disocia y aísla, teniendo en cuenta determinados caracteres. Pero después… Sabed apreciar y distinguir lo esencial y comprender que muy a menudo, mucho más de lo que se sospecha, obliga a reunir, asociar, sumar, componer en fin una unidad cuya realidad destaque aquel carácter común esencial, olvidando lo accesorio, lo complementario….”.
“El análisis es arduo y sin duda útil, porque ayuda a conocer. La síntesis es espontánea, se logra sin esfuerzo gracias al pensamiento y nos enseña a comprender. La síntesis es concepto, reúne los hechos dispersos y los trae a nuestro alcance, vencidos y dominados. Cuenta la leyenda que las estatuas que adornaban el Jardín de Apolo se dispersaban durante la noche y era muy difícil reunirlas luego en su orden correspondiente. Era necesario atarlas para que no se dispersaran, y eso hace el Concepto: ata los hechos y los trae hasta nosotros dominados y vencidos.
La meditación es otro de los elementos más importantes a tener en cuenta en un consejo o en una oración dirigida a los jóvenes. No basta tener las manos encallecidas por el trabajo; es necesario, además, tener alumbrado el espíritu por la reflexión. Recuerdo el diálogo del meditador y el esclavo:
Un esclavo, un vencido de Atenas o de Corinto, en cuyo semblante el envilecimiento de la servidumbre no había alcanzado a desvanecer del todo el noble sello de la naturaleza, se ocupaba de sacar agua de un pozo para verterla en una acequia vecina. Compadéceme, dijo el esclavo al pensador, que pasó a su lado; compadéceme si eres capaz de lágrimas, porque ya queda en mi memoria rastro de haber vivido despierto si no es en este mortal y lento castigo: ¡ve cómo el surco de la cadena que suspendo abre las carnes de mis manos; ¡ve cómo mis espaldas se encorvan! Pero lo que más exacerba mi martirio es que no soy ya dueño de apartar la mirada de esta imagen de mí, que me pone delante el reflejo del agua cada vez que encaramo sobre el brocal el cubo del pozo. De tal manera conocí mi semblante casi infantil y veo ahora esta máscara de angustia y veré cómo el tiempo ahonda en la máscara las huellas de su paso y cómo se acercan y la tocan las sombras de la muerte. Y tú, oh meditador, ¿qué haces? ¿Sueñas despierto? ¿Maduras algo heroico? ¿Hablas a la callada con algún Dios que te posee? Dulce cosa debe ser la ociosidad que tiene espacio para el vagar del pensamiento.
Mi objeto –responde el meditador– es ver dentro de mí; quiero formar cabal idea de juicio de éste que soy yo, de éste por quien merezco castigo o recompensa. Por cada imagen tuya que levantas de lo hondo del pozo, yo levanto también de las profundidades de mi alma una imagen nueva de mí mismo, una imagen contradictoria con la que la precedió y que tiene por rasgo dominante un arte, una intención, un sentimiento que cada día de mi vida presento como cifra de su historia, al traerle al espejo de la conciencia bruñido por la soledad. Alcanzaré el extremo de la ancianidad; no alcanzaré el principio de la ciencia que busco. Tú desagotarás tu pozo; yo no desagotaré mi alma. Esta es la ociosidad del pensamiento.
Está bien el trabajo que ennoblece, adiestra la mano, mientras pasan las horas. Pero es necesario no atenerse exclusivamente a él. Es necesario sí dedicar un tiempo a veces muy grande, a la meditación, a la reflexión. No basta la observación. Es necesario pensar. Observar sin pensar es tan peligroso como pensar sin observar”.
Y finalizaba esta auténtica lección, diciendo: “Jóvenes amigos: llega un momento en la vida de un hombre en el que se transforma casi insensiblemente en recuerdo; pero debe seguir, no obstante, en ese momento, conservando algo de esperanza como incentivo para la acción… Ustedes, son la esperanza del recuerdo…
Pero os diré que aún soy capaz de gritar como el Caballero de la triste figura, el Caballero de la Fe, con el cuerpo adolorido por los golpes y el espíritu atribulado: “Todo me lo sacarán los magos encantadores, todo incluso la aventura; pero al afán y la voluntad de procurarla, jamás”

Uno de sus discípulos extranjeros, escribió en la revista más prestigiosa del mundo de la especialidad, lo siguiente:9 
“Pensador, filósofo, doctor, cirujano, ortopedista, instauró un pensamiento brillante al servicio de sus ideales.
La naturaleza lo proveyó, generosamente, con el regalo divino de una potente inteligencia, que fue fortalecida y enriquecida por la información adquirida a través del estudio y la meditación. A través de la capacidad de pensar claramente, y a través del incomparable don de síntesis. El colosal conocimiento que adquirió fue generosamente difundido a otros a través de sus oratorias excitantes, fáciles, elegantes, brillantes y persuasivas.
Bado fue inagotable fuente de motivación para sus alumnos, para estudiar y para meditar. Sus alumnos se pueden encontrar no sólo en su ciudad natal, sino en toda Latinoamérica, trasmitiendo su sabiduría. No sólo enseñó cómo entender, cómo analizar y cómo sintetizar, sino que enseñó cómo pensar, cómo meditar y cómo reflexionar”
.

En la práctica privada, Pedro Larghero, un Maestro de la Cirugía, también Medalla de Oro de nuestra Facultad, concibió el proyecto de construir un sanatorio privado, luego que se cerrara el Sanatorio Navarro, inaugurando en 1949 el Instituto Quirúrgico Traumatológico, luego de su muerte designado como Sanatorio “Larghero”. Invitó como socios a los Dres. José Luis Bado y Domingo Vázquez Rolfi. Fue indudablemente, un centro de excelencia, como lo cuentan los discípulos de Larghero.10 

No todo fueron flores en vida de este médico ejemplar. En los años en que con esfuerzo y sacrificio, volvió a Uruguay luego de formarse en el Rizzoli, uno de los más altos referentes de la Ortopedia mundial, se empeñó por iniciar un camino nuevo para esta disciplina, logrando reunir el equipo profesional adecuado, y poco a poco, desarrollar lo que sería el Instituto que hoy lleva, con justicia, su nombre. Como había sucedido antes en Buenos Aires a José Valls, cuando regresó de Bologna luego de dos años de estar becado y buscó desarrollar la Ortopedia como especialidad independiente, se encontró "con la incomprensión de unos y el egoísmo de otros”. Asimismo al tratar de formar un muy pequeño servicio de Ortopedia y Traumatología en el Hospital Italiano de Buenos Aires, despertó la oposición de los cirujanos que ahí actuaban. También en nuestro pequeño ambiente médico, encontró Bado resistencias y su “leyenda negra” por haber erigido entre 1935 y 1941 el Instituto de Ortopedia y Traumatología.11 

Fue un Maestro y dejó una Escuela. Disciplinada y exigente. Siempre apuntando al desarrollo de la función, al estudio apegado al más estricto método científico; al fomento de la publicación de los aportes originales, en las revistas que sembró a nivel local y latinoamericano; a los vínculos personales y profesionales que dejó con los ortopedistas de América latina, de los Estados Unidos y de Italia. No hay servicio de Ortopedia y Traumatología en el Uruguay de hoy, que no deba su orientación, a los principios sustentados en lo profesional y científico por José Luis Bado.

Dio proyección a nivel regional y mundial, a técnicas originales y orientó en la búsqueda, como objetivo ideal, de soluciones que comprendieran la síntesis de la perfección del trabajo médico con las necesidades humanas del individuo en sufrimiento. Una calle de Montevideo, en las inmediaciones de Av. Gral. Rivera y Av. Dr. Francisco Soca, lleva con justicia su nombre, por inspiración de uno de sus más jóvenes discípulos y el apoyo del Sindicato Médico del Uruguay. Que su memoria y su ejemplo continúen inspirando a muchas generaciones de médicos uruguayos, que compartan su amor por la ciencia, el progreso, el trabajo profesional de auténtica calidad, fundada en un sistema de valores, y el mejor servicio a sus semejantes.


1 CAGNOLI, Hebert: La Ortopedia y su historia en el Uruguay. Librería Médica Editorial, 1986

2 CAGNOLI, Hebert: José Luis Bado (1903-1977), en Horacio Gutiérrez Blanco: Médicos Uruguayos Ejemplares, Tomo I, 1987, La Prensa Médica Argentina, 1987.

3 CIELO, Guillermo: Historia del IAVA, Instituto "Alfredo Vásquez Acevedo", Edit. Cardo, Montevideo, 2001, pág. 23: En aquel año constituían su "staff", entre otros: Máximo Guyer, idioma Alemán;; Celestino Galli y Rafael Terra Arocena, Álgebra Superior; Gustavo R. Amorín, Cosmografía; Clemente Estable, José Luis Bado y Venancio Flores en los Cursos Sintéticos; Ponciano Torrado, Dibujo; Emilio Zum Felde, Antonio M. Grompone y Emilio Oribe, Filosofía; José Claudio Williman, Física; Pedro Deris, Francés; Leopoldo C. Agorio, Geometría Proyectiva; Felipe Ferreiro, Historia Nacional; Carlos A. Torres de la Llosa y Victoriano A. Vaccarezza, Historia Natural; Fructuoso Pitaluga y Oscar Secco Ellauri, Historia Universal; Santiago Whitelaw, Inglés; Manlio Vitale D’Amico, Italiano; José Pedro Segundo y Osvaldo Crispo Ayala, Literatura; Mario Coppetti, Matemática; Oscar Casavagno, Mineralogía; Germán Barbato, Observatorio Astronómico y Ángel C. Maggiolo, Química. En otras palabras, la flor y nata de la intelectualidad nacional, en un mismo ámbito: el Instituto "Alfredo Vásquez Acevedo".

4 BADO, José Luis: Clase inaugural de la cátedra de Ortopedia y Traumatología. 27 de junio de 1952, Montevideo: en Prof. José Luis Bado, libro del Dr. Amílcar Cagnoli, Montevideo, abril de 2000, pág. 39.

5 CAGNOLI, Hebert: La Ortopedia y su historia en el Uruguay, 1986. Capítulo 13: Misión Traumatológica Uruguaya en terremotos americanos, páginas 125-127. El equipo fue encabezado por el Dr. J.L.Bado e integrado por cuatro cirujanos generales, el Prof. Pedro Larghero Ybarz y los Dres. José Luis Roglia, Walter Suiffet y Rafael García Capurro, quien tenía firme vocación ortopédica; el Dr. Juan Curbelo Urroz, como cirujano de niños y dos traumatólogos, los Dres. Hebert Cagnoli y Eugenio Prat. Un hemoterapeuta, el Br. Freire, el técnico ortopédico Sr. Zucchi, dos nurses y dos enfermeros. Se llevó instrumental traumatológico completo, materiales diversos, y un aparato de Rayos X portátil. El primer cálculo fue de 1.500 cadáveres y 2.000 lesionados. En el Hospital de Mendoza se estableció el "Pabellón Uruguayo", donde se atendieron 200 fracturados, se ejecutaron 170 aparatos enyesados y se tomaron 190 radiografías. De esta experiencia surgieron conclusiones y conceptos que permitieron un aporte fundamental "Síndromes de las fracturas pelvianas", presentado al Congreso Intermericano de Cirugía de 1946 realizado en el Hospital de Clínicas, de Uruguay.

6 CAGNOLI, Hebert: op. Cit. La misión estuvo encabezada por Bado e integrada por el Dr. Roglia como cirujano, dos traumatólogos: los Dres. Cagnoli y Jorge García Novales, dos traumatólogos que concurrían al Instituto como asistentes extranjeros, los Dres. Mabilde de Porto Alegre y el Dr. Sotelo de Lima, el técnico ortopédico, Sr. Zucchi, un técnico radiólogo, un enfermero, una instrumentadora y una secretaria. Completo material quirúrgico, una mesa de Schede portátil, un equipo de Rayos X portátil, entre otros.

7 NIN VIVÓ, Esteban: Exposición realizada en el Instituto de Ortopedia y Traumatología por el Dr. Esteban Nin Vivó, a raíz de conmemorarse los 20 años de la desaparición física del Prof. José L. Bado. En Prof. José Luis Bado, por Amílcar Cagnoli, abril de 2000, pág. 21-23.

8 BADO, José Luis: SOTU: Reunión del día 18 de diciembre de 1971, Orden del Día: "La Enseñanza de la Ortopedia y Traumatología". En Prof. José Luis Bado, por Dr. Amílcar Cagnoli, abril de 2000, pág. 55-59

9 NOVA MONTEIRO, J.: Nota necrológica realizada por el Prof. J. Nova Monteiro en el Journal of Bone and Joint Surgery, de enero de 1979. En Prof. José Luis Bado, por Dr. Amílcar Cagnoli, Montevideo, Uruguay, abril de 2000, pág. 19-20.

10 BENEDEK, Pedro, PRADINES, Jorge C., RÍOS-BRUNO, Guaymirán, VÁZQUEZ VARINI, Felipe S., VENTURINO, Walter: en Pedro Larghero, Cirugía y Pasión, 2000, páginas 59-61.

11 CAGNOLI, Hebert: La Ortopedia y su historia en el Uruguay. Librería Médica Editorial, Montevideo, 1986, pág. 99-100. Dice Cagnoli: "¿A qué se debe esa reacción de resistencia a nuevas corrientes del pensamiento, al desarrollo de nuevos procedimientos? ¿Por qué se desenvuelve esa oposición aún cuando lo que quiere implantarse se propicia dentro de las normas que se consideran socialmente normales y aceptables, siguiendo un buen comportamiento moral? Una de las razones puede encontrarse en el complejo y silencioso mecanismo psicológico de la contradicción. "Basta que intervenga, aún de manera remota, la consideración de los otros hombres y su acción sobre él –dice el filósofo argentino Aníbal Ponce- para que sienta surgir irresistible el impulso, su reacción absurda de la contradicción". Por otro lado, son bien conocidos los "odios profesionales" que forman parte del gran capítulo de la ira, esa pasión del alma que mueve a indignación y enojo, que al decir de Emilio Mira y López, es uno de los grandes gigantes del alma. Esta reacción no está guiada por la razón sino por la rivalidad profesional, el temor de la pérdida de una posición socioeconómica o por pensar que esas nuevas corrientes renovadoras puedan constituirse en contrincantes o por sentir que otras puedan poseer lo que él tiene o lo que quisiera poseer, que es la forma detestable de ese pecado y vicio que se llama "tener envidia". Querer implantar en nuestro medio la Ortopedia moderna como disciplina independiente, desear absorber el importante volumen de las lesiones traumáticas que tienen tanto valor clínico y terapéutico como es el de las fracturas, lógicamente debía desencadenar los medios psicológicos reaccionales. Había que buscar razones capciosas y falaces que los justificaran y entre ellas se presentaban con aparente evidencia algunas derivadas de la situación sociopolítica en que se encontraba el país. La fractura era la cenicienta de la cirugía. Recordamos que durante nuestra actuación como practicante de guardia de hospital ingresábamos alguna fractura, el compañero de ese servicio nos enrostraba por qué le habíamos ocupado una cama con un fracturado. Cuando ejercíamos la especialidad y absorbíamos las fracturas, se quejaban de que se realizaba "el usufructo de un material del cual se privaban las clínicas para su enseñanza" y que con ello se atacaba "la libertad de aprender"… "logrando un interés científico y económico proveniente del aprovechamiento de ello". El lector, que desea saber el desarrollo de la ortopedia en nuestro medio, se estará preguntando por qué abordar este tema verdaderamente escabroso, negativo en su finalidad y por sobre el cual deberíamos pasar. Lo encaramos a los efectos de plantear la realidad histórica de nuestra ortopedia, no por responder a la maledicencia, las murmuraciones, la difamación, que podían haber transitado en el chisme de corredor, sino porque ello tomó estado público en dos oportunidades en publicaciones que guiaban la conciencia médica gremial de la época: en "Acción Sindical" y en "El Estudiante Libre" que expresaba el pensamiento estudiantil."