ADVERTENCIA: El recurso que está visitando fue creado hace mucho tiempo y no ha sido revisado recientemente. Se mantiene como acervo de la Institución pero tenga en cuenta que puede contener información no relevante o desactualizada.

Emotivo homenaje en la cátedra de Medicina Legal

Julio Arsuaga, baluarte de la dignidad

El Sindicato Médico del Uruguay y la cátedra de Medicina Legal de la Facultad de Medicina descubrieron un retrato del ex decano y ex titular de la materia, profesor Julio Arsuaga. El acto contó con la presencia de figuras del Poder Judicial, la Universidad, profesionales de la salud, amigos y familiares. El profesor Pablo Carlevaro afirmó que «Arsuaga defendió la libertad con todas sus fuerzas... ejerciendo la práctica de la medicina forense con la dignidad incoercible de quien sabe que hay conductas en la vida que no son sensibles al riesgo».

por Armando Olveira

El profesor Julio Arsuaga falleció el 29 de agosto de 1976. Había sido encarcelado por la dictadura, luego de resistir la intervención universitaria de 1973 como decano interino de la Facultad de Medicina. En 1986, al cumplirse diez años de su muerte, la institución le dio su nombre a la principal sala de reuniones del edificio universitario.


Instante en que el retrato del Dr. Julio Arsuaga es descubierto por el decano Luis Calegari frente a la puerta de ingreso de la cátedra de Medicina Legal.

Este segundo homenaje realizado en la cátedra de Medicina Legal contó con la presencia del decano de Facultad de Medicina, profesor Dr. Luis Calegari, el ex decano, profesor Dr. Pablo Carlevaro, el titular de la cátedra, profesor Dr. Guido Berro, el presidente del Sindicato Médico del Uruguay, Dr. Juan Carlos Macedo, docentes universitarios, representantes del Poder Judicial, profesionales de la salud, estudiantes, amigos y familiares de Arsuaga.

La fotografía donada por el Sindicato Médico se ubica frente a la puerta de ingreso a la cátedra. Fue descubierta por la viuda del emblemático catedrático y sus hijas Laura y Lucía.

Arsuaga como guía y recuerdo

Macedo inició la parte oratoria señalando que Arsuaga fue «un médico querido, un universitario ejemplar, perito del Poder Judicial que hizo historia con su actuación digna, honesta y confiable. Fue un clínico formado junto al profesor Héctor Franqui Barbé. Allí se desarrolló y creció como médico, luego como cardiólogo, como forense y docente. Culminó como profesor director de la cátedra de Medicina Legal, sitio donde se le rinde justo homenaje».

«Aquí vivió y enseñó durante muchos años. Formó generaciones de estudiantes, con sencillez , dedicación y vocación. Reunió a un grupo calificado de médicos forenses, psiquiatras, magistrados, con quienes desarrolló la docencia, la elaboración de manuales de enseñanza y el ejercicio de la medicina legal», agregó.

Para Macedo fue «un referente invalorable que describió situaciones en épocas de oscuridad. Cuando la situación del país comenzó a derivar por senderos que comprometían la libertad y la democracia, cuando se empezaban a consumar muertes de estudiantes, allí estaba Arsuaga, entre los médicos forenses más destacados, en cuyos dictámenes se podía confiar. Esa calidad de hombre, su honradez profesional, su rectitud como perito le generaron admiración y amistad de quienes lo conocieron o recibieron sus enseñanzas, fueran estudiantes o jueces.


La placa colocada en agosto de 1986, en ocasión del primer homenaje al emblemático ex decano de la Facultad de Medicina.

Pero también le significó duras experiencias en un tiempo de violencia cuando atentaron contra su familia. Sin dudas, para reafirmar el acierto de sus dictámenes periciales».

Subrayó que «su magisterio, tanto en la emergencia del Hospital de Clínicas, en el anfiteatro de Medicina Legal o en la sala de autopsias, siempre fue un ejemplo de claridad, rectitud, firmeza e inteligencia... Ya fue homenajeado hace muchos años, luego de recuperada la Universidad. Se le puso su nombre al salón de actos de la Facultad, para honrar a quien ocupando interinamente el decanato de esta casa de estudios debió afrontar la intervención de la dictadura militar con la privación de libertad».

«Le rendimos este homenaje en su ámbito de trabajo cotidiano, donde vivió y enseñó por muchos años, donde formó su equipo de colaboradores y le dio jerarquía a una materia que con él retomó altura. Jerarquizó la tarea del médico como perito. Puso en la transmisión del conocimiento esa inquietud permanente hacia el educando, para que grabara conceptos esenciales para toda su vida profesional».

El descubrimiento del retrato en su lugar de trabajo «servirá como guía y recuerdo para quienes lo suceden y para quienes aquí se forman. Su ejemplo perdura por la decencia transmitida en cada uno de sus actos. Hizo de su magisterio un permanente ejercicio de vida, transmitida con humildad y goce. Apoyó siempre al estudiante y al docente. La muerte lo arrebató tempranamente. Todos sus amigos manifestaron con dolor su ausencia», aseveró.

Un hermano mayor

El Dr. Pablo Carlevaro habló en nombre de la institución «como consecuencia de las obligaciones inherentes al decano... Debo decir que antepongo el deber a las inhibiciones que provienen de estar al borde de las generales de la ley. Julio Arsuaga me hizo su hermano y me dio trato de hermano. Pero la hermandad que a él me unió no puede eximir al decano de la Facultad de Medicina de hacer justicia».

Se refirió a la memoria de Arsuaga «con la tranquilidad de conciencia de que cuánto se diga puede ser dicho por aquellos que conocieron y apreciaron el valor de sus actos... nos dio una lección inmanente a su conducta, la irradiación efusiva de su personalidad».

Carlevaro conoció a Arsuaga en 1950, cuando aquél era practicante interno del servicio del profesor Juan Carlos Plá en el Hospital Pasteur. «Próximo a culminar su carrera como médico, iniciaba su carrera docente en Medicina Legal... Lo singularizaba la inteligencia, la alegría, la decencia, la bonhomía y una práctica natural y extremadamente generosa de la amistad».

«La inteligencia hizo de Arsuaga un médico magnífico, un clínico sagaz y un docente distinguido, que alcanzó múltiples posiciones académicas en la Clínica Médica y culminó su carrera como profesor titular de Medicina Legal, en 1965, todo ello por la vía del concurso y de la aspiración abierta y legítima. La alegría fue un rasgo caracterológico tan fuerte, que ya enfermo y maltratado por la prisión y el sufrimiento, quienes así lo conocieron experimentaron el impacto de la expansión contagiosa de su espíritu, inalterablemente joven y vivaz.

La docencia hizo de Arsuaga un profesional singularmente honesto. La bonhomía de su carácter exhibió todos los rasgos que hicieron de él un ser humano que invadía empáticamente la intimidad del otro por la prodigación generosa de su ánimo... No hay palabras para ensalzar a quien mucho debemos, por las culpas que todavía sentimos ante su muerte», subrayó.

Arsuaga obtuvo, en 1956, el cargo de médico forense por concurso abierto de méritos y pruebas del Poder Judicial. «Toda su vida fue una garantía de moral profesional tanto en su condición de médico como de integrante del Poder Judicial.

El dictamen pericial es un apoyo sólido para la toma de decisiones del juez. El compromiso del forense con la verdad esencial, su fidelidad a la realidad comprobable de los hechos asociada a la necesidad de no escatimar la búsqueda de su significado, la sujeción a normas éticas inviolables son requisitos sin los cuales el acto médico se puede desnaturalizar al extremo de la farsa».

Una lección de vida

Las circunstancias que se vivieron en el país a partir de 1968 crearon condiciones desconocidas para la práctica forense. «Morían personas como consecuencia de las prácticas represivas de órganos dependientes del Poder Ejecutivo, en su mayoría jóvenes que se transformaban en víctimas de aquella represión. No era sencillo poner en evidencia la responsabilidad criminal del propio Estado cuando se había vuelto agente principal del terrorismo y entregaba herméticamente cerrados los ataúdes de sus víctimas», agregó.

A mediados de 1971, Arsuaga fue advertido de los riesgos inherentes al hecho de ser fiel a su conciencia profesional. «No fue advertido por la vía del expediente ni por la observación jerárquica, que en modo alguno podían tener lugar. De manera mucho más expeditiva y criminal una bomba estalló en el frente de su casa, agraviando más que su propia seguridad personal, la de su familia... a cuyos hijos dedicaba el cuidado más cálido, extremo y obsesivo, aun en circunstancias en que la vida era normal», indicó.

Para Carlevaro «la lección quedó configurada en la respuesta. Arsuaga siguió ejerciendo la práctica de la medicina forense con la dignidad de quien sabe que hay conductas en la vida de los hombres que no son sensibles al riesgo, porque a veces... el ejemplo de uno se sobrepone a la claudicación de otros, porque la dignidad se refugia en los bastiones que no conjugan el verbo claudicar».

Recordó que «en la historia de este país hubo peritos militares, y aun civiles, fraudulentos que adulteraron dictámenes para encubrir y poner a buen recaudo a sus mandantes todopoderosos... Muertes horrorosas fueron informadas tergiversando hechos y realidades, merced a los oficios de la complicidad que protege y degrada, que empareja al asesino con el juez. Es la historia del terror y del horror».

Pero también hubo forenses, en Montevideo y en el interior, que «se elevaron a la más alta expresión de dignidad en el ejercicio de la profesión y en el magisterio que emana de su conducta, por la incoercibilidad de su decencia... Dicho sea esto no solo para valorar a Arsuaga, sino para homenajear a quienes se emparejaron con él en la fidelidad a la verdad, en el ejercicio estricto y riguroso de la honradez profesional.

Y para quienes piensan que el poder es capaz de arrasar con todo, que no hay otra respuesta que el sometimiento al miedo y la sumisión, bastan ejemplos como los de Arsuaga, ofrecidos con la firmeza que brota de la profundidad de la conciencia».

En su actividad universitaria, Arsuaga fue profesor de Medicina Legal y distinguido docente de Clínica Médica. En 1965 ingresó al Claustro de la Facultad y un año más tarde lo presidió. «Eran épocas en que la Asamblea culminaba su trabajo elaborando progresivamente el nuevo plan de estudios. Su contribución al Plan 68 finalizó al desempeñarse como coordinador del ciclo básico, entre 1969 y 1972».

Decencia y dignidad frente a la dictadura

Fue electo consejero de Facultad por el orden docente en 1968 y 1971. Por su condición de profesor titular más antiguo en el Consejo, Arsuaga debió actuar como decano interino al producirse la intervención de la Universidad, en 1973.

«El hecho nos toca muy directamente. El tirano descargó sobre su persona todas las acciones represivas que tenían en nosotros su destinatario natural. Cuando regresamos al país, hace un año y medio, evocamos su memoria y dijimos que con él habíamos contraído una eterna deuda de afecto y gratitud».

«A nuestro pesar y por circunstancias azarosas, estuvo preso ocupando el lugar nuestro y fue irreductible en la intransigencia de la generosidad que derramó durante toda su vida, negándose a entregarme el lugar que obligatoriamente debió ser mío», admitió.

«Es innegable que en la asignación del castigo ejercido por la dictadura, hubo elementos de revancha punitiva, asociados a la forma en que Arsuaga había ejercido la medicina forense... pero también es evidente que el castigo fue asumido por él como si fuera una sombra protectora de mi persona, demostrando una vez más una generosidad ilimitada».

«Eran sentimientos de hermano mayor que siempre había expresado y que yo conocía muy bien. Aquella fraternidad de mi hermano Julio compromete para siempre mi esfuerzo».

Cuando la Universidad fue avasallada, el profesor Julio Arsuaga se erigió como bastión inviolable de la dignidad.

Después, la prisión, la persecución, el manoseo, el destrato. En su carácter de decano interino fue sumariado y prohibido su ingreso al local de la Facultad de Medicina. «Su casa natural e inalienable», rememoró el ex decano.

Como último recurso del ultraje, Julio Arsuaga fue privado de su cargo de profesor.

Amigos de Arsuaga insisten en que la cárcel le provocó depresión, tristeza, soledad y sensación de fracaso. «Sin embargo, no declinó, jamás, de sus ideas», anotó.

Carlevaro mencionó una carta enviada a su esposa, cuando ya se sentía herido de muerte. En ese momento señaló a sus hijos: «...En la vida, ustedes deben defender con todas sus fuerzas la libertad y la verdadera democracia. Vuestro padre no supo hacerlo, tampoco su generación».

Exigente y severo consigo mismo, modesto al extremo de no advertir el significado de su conducta, Arsuaga defendió la libertad con todas sus fuerzas.

«Al repasar algunos rasgos dominantes de su personalidad, al revisar hechos que afectaron profundamente su vida y contribuyeron a acelerar la enfermedad y la muerte, debemos volver a reflexionar».

«En la medida que el hombre se vuelca generosamente en los demás, que lo mejor de su esfuerzo se aplica a la construcción de un todo colectivo, que sus actos se han vuelto ejemplo y su conducta se erige en símbolo, la vida se va renovando en otras vidas, el ser social trasciende y supera la muerte».

«No es una figura literaria ni un mecanismo defensivo de negación, decir que Arsuaga no se ha muerto, quedará para siempre en nuestro ámbito hogareño, en la Facultad, porque cuando la Universidad fue avasallada, se erigió en baluarte inviolable de la dignidad».

«Para tantos que se saturan con las vanidades de la cátedra, para quienes se infautan y se insuflan con las dignidades académicas, digámoslo a tiempo: la expresión suprema de la cátedra radica en la práctica decente de la vida, en la lección que se dicta sin impostación, en el ejercicio natural, coherente, humilde, de los actos de todos los días».

«Por eso, Arsuaga no ha muerto, pues elevado por encima del dolor y la nostalgia, del sufrimiento y la injusticia, de lo inmerecido y contingente del desenlace, de nuestra pesadumbre inextinguible, de nuestras angustias impotentes y de su dolorosa evocación... transfigurado en lo mejor de todos nosotros se erige generoso, sonriente y cálido, como lo fue toda su vida, y como el niño de Rolland, nos dice: yo soy el día que va a nacer».

Mantener viva su memoria

El decano de Facultad de Medicina, profesor Dr. Luis Calegari, recordó que cuando fue propuesto este homenaje en el Consejo de la Facultad, «no hubo dudas sobre su justicia. Su esposa nos confesaba su sorpresa por este segundo homenaje al profesor Arsuaga... Este nuevo reconocimiento es imprescindible, para mantener viva la memoria de quienes pasamos por esta casa. Destacar sus valores es destacar los valores más queribles del pueblo uruguayo. Para el Consejo de Facultad, y para mí como decano, es un honor participar de este acto, de corazón lo digo». «No tuvimos la suerte de conocerlo. Tuvimos muy pocos encuentros... Sin embargo, a través de ese mínimo conocimiento y de historias relatadas, fuimos formando una imagen, conociendo una personalidad que es referencia ineludible como ciudadano, en lo ético y social».

El acto fue cerrado por el titular de la cátedra de Medicina Legal, profesor Dr. Guido Berro, quien señaló «la imagen del entrañable maestro fue colocada en el lugar más destacado de este humilde recinto.

Así lo merece su brillante trayectoria y el ejemplo que representó su vida para los forenses uruguayos».