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Con el Profesor Tabaré Fischer

Un alumno de Purriel

Es difícil condensar una charla con el profesor Tabaré "Tito" Fischer, tantos son los recovecos temáticos por los que nos introduce con su naturaleza sanguínea y comunicativa. Sin embargo, dos de ellos son recurrentes y se entrelazan, vuelve a los mismos sin solución de continuidad y casi indiferenciándolos: Pablo Purriel y la semiología, la semiología y Pablo Purriel, una conjunción que cubrió tres décadas, que remite a la nostalgia y al alegato sobre su vigencia.

por José López Mercao

¿Profesor, por qué su opción por la medicina?

Tendría que remontarme a mis años juveniles, en los que estuve internado con una afección delicada. Ese encuentro con quienes luchaban contra la enfermedad -entre los que estaba el profesor Purriel-, marcó mi vida y definió mi vocación. En el servicio de Stajano había un cartelito que decía: "Medicina sin alma no es Medicina". En otras palabras, no podés ser médico si no te compenetrás con el enfermo, más aun cuando se trata de enfermedades mortales.

Por razones de enfermedad no pude hacer el internado, entonces hice la jefatura de Clínica con don Pablo Purriel, mi gran maestro, como también lo fueron González Puig, Ravera, Arcos Pérez y Olga Muras, entre otros.

En 1954 me recibí, en el '55 hice la jefatura de Clínica y, con un poco de suerte, fui primero en el concurso de oposición. En 1956 entré como jefe de Clínica y Ravera, uno de mis maestros, me orientó hacia la endocrinología. Pero a la larga, otro gran maestro, como lo fue Raúl González Puig, me encaminó definitivamente en infecciosos. Me gustó la especialidad porque abarca todas las demás, tanto la parte de medicina como la de cirugía.

La jefatura de Clínica la hice con don Pablo Purriel, luego me fui para infecciosos y después volví con Purriel, esta vez como profesor adjunto y tiempo después entré a la Cátedra de Infecciosos, en donde estuve muchos años.

El Prof. Dr. Tabaré Fischer, junto a El Espinario, un recuerdo del maestro
El Prof. Dr. Tabaré Fischer, junto a El Espinario, un recuerdo del maestro

El legado de Pablo Purriel

¿Qué fue Purriel para la medicina nacional?

El amor entre Purriel y la medicina tiene algo de mágico. Había llegado de Pamplona con sus tíos y se asentó en el departamento de Soriano, se trasladó de un medio rural a otro similar. Empezó ayudando a su tío en una pulpería y gracias a un hermano, que era maitre del Hotel España, cursó con tanta brillantez que llegó, muy joven, a ser profesor de Clínica Semiológica de la Facultad, en un memorable concurso contra figuras de la talla de Franchi Padé, Herrera Ramos y José Pedro Migliaro.

En cuanto a su legado, Purriel, en primer lugar, fue un hombre que vivió para la docencia y que la hizo sencilla, tal como es la semiología, fundamento del ejercicio de la medicina. En segundo lugar, fue un brillante médico, alabado por unos y denostado por otros, porque a este hombre se le quería o no, aunque todos lo respetaran. Luego, era una personalidad avasallante. Es difícil expresar esto sin imágenes, sin recurrir a una representación de la liturgia en que se convertían sus clases, sin evocar esa mezcla de sencillez y autoridad que tenía al pasar el brazo por sobre tu hombro y decirte «vea che», esa síntesis entre modestia y brillantez que lo caracterizaba. Por último, fue el amigo, el que llegaba de noche a casa, a cualquier hora, a hablar de esa pasión que para él era la medicina.

¿Por qué de manera recurrente asocia a la semiología con Purriel?

No es casual que en la historia de nuestra medicina, la semiología esté asociada con Purriel y viceversa. El prototipo de médico que antecedió a Purriel está ilustrado en M' hijo el dotor. A partir de allí el médico se fue humanizando. El desarrollo de la semiología es la clave de esa humanización y Purriel contribuyó decisivamente a eso.

¿Algo así como un arquetipo de omnisciencia?

No, no hablo en absoluto de omnisciencia. Era un hombre capaz de levantarse a las cuatro de la mañana, si se lo pedían, para ver a un paciente y arriba decir «no sé». Exactamente eso me pasó con una paciente, estando de guardia en el Hospital de Clínicas; aún recuerdo el nombre, Nerys Arigón. Lo hice venir de madrugada a Purriel para que la viera, porque me desesperaba la imposibilidad de emitir un diagnóstico y él me dijo: "Me voy como entré, no sé qué tiene esta muchacha". En la madrugada falleció y la necropsia permitió determinar que tenía un tumor en el tálamo. En otras palabras, Pablo Purriel tenía la modestia y la humanidad de los genios.

Se le recuerda como maestro de maestros.

Citaré sólo algunos que se formaron junto a Purriel: Bouton, Olga Muras, González Puig, Ravera, Purcallas, César Aguirre, Peroni, Fonseca. En una palabra, su cátedra fue un semillero de docentes.

El signo y la imagen

¿Por qué coincidió en el tiempo esa pléyade de docentes?

No lo sé con exactitud, pero creo que lo que mató a la semiología (y con ella, en buena medida, a la medicina) fue la tecnología. La brillantez de exposición de tono práctico para resolver un supuesto diagnóstico exigía mucho al individuo, pero sobre todo que fuera concreto. En ese sentido, Purriel fue un resumen de lo que era la escuela médica uruguaya, de mucha fuerza en la técnica y gran precisión en la semiología. Hablo de esa Clínica Semiológica que inauguró don Arturo Lussich, el médico que, siendo aún practicante, asistió a Aparicio Saravia en el episodio previo a su muerte.

La brillantez de Purriel provenía de varias vertientes, pero fundamentalmente de esa capacidad que tenía para hacer sencillo lo complejo, para machacar en tres o cuatro ideas fundamentales que quedaban grabadas para siempre.

Por otra parte era un gran organizador. En la segunda y última etapa de Purriel como docente, tenía todo un piso del Clínicas, las seis salas para él. Recibía a 300 estudiantes y los absorbía a todos. Era el único capaz de hacer funcionar eso a la perfección. A la vez, en los Ateneos de los jueves, concurrían veteranos que ya hacía años que habían dejado las clínicas, e iban por Purriel, por el saber que les seguía transmitiendo.

¿Cuál era el rol de la tecnología en esos tiempos?

En ese tiempo la imagenología se usaba como confirmación de lo que había hallado la semiología. La tecnología era el arsenal que estaba en la retaguardia para confirmar o refutar lo que el clínico observaba. De la decadencia de la semiología proviene el abandono de la historia clínica, el documento médico por excelencia, de allí a los juicios por malpraxis y todo lo demás hay un paso.

Lo que hacía la semiología era jerarquizar la clínica. Ella era la soberana y luego venían las paraclínicas a poner a prueba el diagnóstico del semiólogo, pero el que manejaba la relación médico-paciente era el clínico. Eso también tiene que ver con la pérdida de humanización que se le achaca a la medicina actual, por la distancia que se establece entre el paciente y el médico por la interposición de la tecnología. El predominio de la tecnología reduce al paciente a un conjunto de imágenes, lo fragmenta, prioriza la enfermedad por sobre el enfermo.

¿Cómo opera la Facultad de Medicina frente a ese panorama?

La Facultad de Medicina es un reflejo de la decadencia de la semiología. Hace décadas que no tenemos un clínico como decano, el último fue Crottogini, y la Facultad necesita de la conducción de profesionales que tengan la visión integradora y de conjunto que le puede aportar un clínico, sin que esto implique desmedro de la importancia y la dignidad de cada especialidad específica, ni de quienes las ejercen.

El rol de la infectología

¿Cómo ha evolucionado su especialidad, la infectología, en el marco de esos cambios?

Cuando yo me orienté hacia infecciosos, tanto la infectología como el Instituto de Higiene eran una especie de Cenicientas de la medicina. Después las cosas fueron cambiando paulatinamente, hasta que la irrupción del VIH le dio definitivamente otro estatus a la especialidad.

Nuestro país formó una escuela en materia de infectología. Quiso la suerte que mi generación empezara a trabajar en un tiempo bisagra, cuando el advenimiento de los antibióticos le restaba dramatismo a enfermedades que hasta entonces solían tener un desenlace fatal.

En ese tiempo bisagra nos pudimos orientar hacia campañas masivas o esquemas, que iban desde la tuberculosis hasta la tifoidea.

En lo particular hicimos aportes en lo que se refiere a la leptospirosis. Pudimos mostrar las distintas formas que ésta asume, de manera que pensamos que o la leptospirosis nuestra era distinta a las demás, o las demás se copiaban entre ellas.

¿Cuál es la relación entre la infectología y el resto de las especialidades?

La infectología atraviesa todas las especialidades, es un denominador común de la medicina que denuncia la presencia de agentes causales y trastornos de la inmunidad. Para ver la importancia de la infectología, pensemos sólo en la frecuencia de las infecciones en el posoperatorio.

La infección no es casualidad, es causalidad, es un anatema. No es una desgracia, es una consecuencia. Por lo mismo yo pienso que en toda clínica debe haber un infectólogo que haga de su especialidad un permanente ejercicio de docencia, no sólo dirigida hacia los estudiantes, sino hacia el propio equipo médico

¿Qué figuras destacadas puede mencionar en su especialidad?

Es imposible hablar de infectología sin mencionar al maestro Federico J. Salveraglio, pero de la larga nómina de colegas que conocí, quiero mencionar solamente a uno: Raúl Canzani. Un individuo excepcional y sumamente modesto, al que se le podía mencionar cualquier enfermedad, por rara que fuera, y de todas tenía profundo conocimiento.

Adiós al amigo

Por último, profesor, hubo un Pablo Purriel que fue ministro, por breve tiempo, pero lo fue. ¿Qué recuerdo tiene de ese período?

Purriel era un hombre que se preocupaba por demás, más allá incluso de sus firmes convicciones de orden político. Creo que por eso aceptó ser ministro de Salud de un gobierno que no reflejaba su sentir, y en esa gestión -que no fue larga- tuvo iniciativas tan importantes como la de crear un seguro de salud. Pero si dejó el Ministerio por razones obvias, nunca dejó la medicina, al punto que murió atendiendo a un paciente.

Creo que lo principal ya te lo dije. El resto es intransferible. Estoy rodeado de recuerdos del maestro y del amigo. Esa obra que está allí era de Purriel y es una reproducción de El Espinario, una escultura de tiempos de la Roma republicana que él amaba particularmente. Después de su muerte, cuando me la trajeron, eran cuatro para cargarla y no podían con ella, como si fuera una metáfora de aquel vasco indoblegable.

Me enteré de su muerte en Buenos Aires, por boca de un contador que había sido subsecretario en su período ministerial y al que encontré casualmente en la 9 de Julio. Hubo algo de provi-dencial en aquel encuentro. Volví enseguida, pude decir lo que sentía por él en su entierro y después vino su ausencia, en la que pude darme cuenta de hasta qué punto me había marcado su docencia y su amistad. Desde entonces no he dejado de sentirme un poco solo.

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