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Dr. Juan Jorge Ravera premiado en
concurso sobre «Uruguayos notables»

Mussio Fournier: célebre
personalidad

por Armando Olveira

Un trabajo del profesor Juan Jorge Ravera obtuvo el primer premio (U$S 1.500) en el concurso de biografías y ensayos «Uruguayos notables» convocado por la Fundación Banco de Boston. Ravera recibió esta distinción por su ensayo: «Juan César Mussio Fournier, fundador de la endocrinología uruguaya»

El segundo premio (U$S 1.000) fue para Ana Inés Larre Borges, por «Paco Espínola, el último escritor nacional»; el tercero (U$S 500) correspondió a Franklin Morales, por «Obdulio Varela, negro, además jefe». El jurado estuvo integrado por el doctor Luciano Alvarez, y los historiadores Gerardo Caetano y José Rilla. En charla con Noticias, el profesor Ravera transmite sus emociones al recordar la figura de Mussio y comparte la alegría de esta distinción.

¿Cómo surgió, Dr. Ravera, la idea de presentar un trabajo sobre Mussio Fournier en un concurso tan exigente como el de la Fundación Banco de Boston?

Debo reconocer que comencé un poco tarde mi trayectoria como escritor. Recién después del retiro profesional me decidí a encarar el género literario... fue con el libro Pocitos de Pereyra pa’bajo. Las lindas repercusiones de ese trabajo me animaron, me entusiasmaron y me dieron ganas de seguir escribiendo. ¿Entre nosotros? (Sonríe con picardía.) Me he dado cuenta un poco tarde de que mi vocación no era la medicina, sino la literatura.

Respecto del trabajo concreto sobre Mussio Fournier, debo decir que fue un homenaje al gran amigo y profesor que significó para mí. Quienes me conocen saben que tengo muchas horas habladas sobre Mussio, tanto en ruedas de boliche como en reuniones docentes o profesionales de todos los niveles. Inclusive escribí varios artículos sobre su vida y hasta di algunas charlas para la Sociedad de Historia de la Medicina.


¿Cómo era el Dr. Mussio Fournier?

Era un verdadero desenfadado, un bohemio con gran sentido del humor. Un hombre que idealizaba el compañerismo. Hablé mucho con Mussio. Lo conocí cuando era Ministro, en 1943.

Desde un primer momento sentí una gran atracción hacia su trabajo. Desde un principio quise entrar en su servicio, que además funcionaba como clínica médica libre. Cuando llegué, en 1947, me pareció una especie de sueño cumplido. Primero fui practicante interno del Pasteur, trabajé dos semestres en la Sala 5. Luego fui colaborador honorario, jefe de Clínica y, finalmente, profesor adjunto de Endocrinología. Trabajamos juntos hasta 1961.

Tenía el don de dirigir a sus discípulos sin chocar con ellos, sin violencia, empleando su arma favorita, la insistencia suave y repentina.

Desde el punto de vista técnico era un verdadero maestro del diagnóstico, pero de una forma muy original. No lo recuerdo palpando pacientes o auscultando. Era un sedentario. Su interrogatorio era un arte admirable y, desde siempre, la base de su tarea clínica. Solía decir que había heredado los dones de curandero de su abuelo. Así justificaba el carácter empírico de su enseñanza y ejercicio profesional. Jamás se ponía túnica para trabajar, jamás tocaba a sus pacientes. Inclusive su chapa profesional decía muy graciosamente: «Juan César Mussio Fournier, especialista en diagnósticos».


¿Qué recuerda de su primer encuentro?

Les hablaba de mi admiración por el maestro. Lo que yo no sabía es que él también quería ser mi amigo. Y como buen psicólogo que era se las ingenió para acercase de la mejor manera. El primer día que ingresé como jefe de la Clínica, sin siquiera saludarme, me sometió a su primer interrogatorio. «¿Así que vos vivís en General Artigas?», me preguntó. No sabía qué contestarle. Finalmente le confesé temeroso: «No doctor, yo vivo en la calle 26 de Marzo, en Pocitos». Rápido como una luz, el maestro me retrucó sonriente: «Sí. Pero esa calle antes se llamaba General Artigas». Yo no lo sabía, por eso en seguida agregó: «Sí... esto... esto, cuando le cambiaron el nombre, sustituyeron el Artigas por la fecha que se enarboló por primera vez su bandera. Tengo casi la certeza de que en esa misma casa donde vos vivís ahora, pasé yo parte de mi convalescencia por una enfermedad juvenil», fue su aclaración.

Pero no conforme con tanta sorpresa, en seguida me espetó su segunda interrogante: «¿Cómo está Martín el pajarero?» Ahí mi asombro ya superaba todo. Porque yo había conocido a ese personaje, que vivía enfrente de la casa de mi familia. Se llamaba Martín Márquez. Todas las mañanas, con el mate, la calderita y las redes se iba caminando lentamente para el arroyo de los Pocitos. Del otro lado, en los campos del Hormiguero tendía sus redes. Llevaba también muchas jaulitas colgando de su espalda en las cuales seleccionaba algunos cantores. Pero la mayor parte de la caza era para venderla como alimento, para la famosa polenta con pajaritos, plato clásico de los italianos del barrio, al igual que el guiso de caracoles del arroyo.

Así siguieron los recuerdos de ambos haciendo crecer mi cariño y admiración por ese hombre excepcional. Finalmente, confirmamos que su casa familiar quedaba al lado de la mía. Claro está que vivió allí 35 años antes que yo.


¿La admiración del joven médico por ese maestro tan original influyó en su opción por la endocrinología?

Sin dudas. Ese contacto me permitió conocer un mundo increíble, de publicaciones internacionales, de relacionamiento con los principales sabios del mundo y, en definitiva, de una disciplina que recién comenzaba a desarrollarse. Todo lo que sé se lo debo a Mussio.

Muchos lo recuerdan como un personaje algo excéntrico, inclusive a la hora de enseñar...

¡Más que excéntrico! Recuerdo que siempre me llamaba a eso de las once de la noche. «¿Qué estás haciendo?», me preguntaba. Como de costumbre yo estaba estudiando. «¡Ah desgraciado! Veníte así leemos juntos», era su cotidiana invitación.

Poco antes de la medianoche yo me iba para su casa, ubicada en un edificio de 18 de Julio al lado del cine Trocadero. Nos quedábamos hasta las dos, dos y media de la mañana. A esa hora el estudio se cortaba abruptamente: «Bueno, ahora andáte que están por llegar los brujos». Yo no preguntaba nada, siempre me iba callado.


¿Quiénes eran los brujos?

Aunque parezca increíble, un científico de su nivel intelectual era fanático del espiritismo. Quizá el dato parezca contradictorio, pero yo siempre digo que no es así. Su afición por lo sobrenatural estaba íntimamente ligada con su indeclinable curiosidad. Le encantaba lo sobrenatural, lo metafísico, lo parasicológico, el magnetismo.

Esa pasión por lo ignoto convocaba en su casa a quienes llamaba cariñosamente brujos. Era una cita de amigos, pero vean qué personajes de la época: Pedro Hormaeche, Velarde Pérez Fontana, José Luis Zorrilla de San Martín, Ovidio Fernández Ríos y hasta un famoso augur del momento conocido como Bernasconi. Asesor, llamémosle así, del presidente Gabriel Terra. Cuando debían hacer referencia a textos en lenguas muertas o muy complicadas requerían la presencia de mi antiguo profesor de alemán, Pedro Heller.


Se decía que era un afrancesado que vivía en su mundo, muy europeo...

Era una de las injustas críticas de sus detractores. Hay que situarse también en la época. Mussio nació en el Montevideo de 1890, en una familia profundamente intelectualizada. ¿Podía acaso salvarse de una cierta influencia francesa? La influencia francesa le llegaba de su madre, doña Pepita Fournier Reissig, prima de Julio Herrera y Reissig.

Doña Pepita quedó viuda a los 23 años y crió sola a sus hijos, Juan César y Rafael. Fue una gran maestra, descendiente directa de César Fournier, corsario de Artigas muerto en una tempestad del Mar de Antillas ocurrida en 1827, protagonista de gloriosas batallas navales entre Argentina y Brasil.

Por el lado paterno surge su fuerte personalidad italiana y marcada inclinación por la medicina. Su padre, Juan M. Mussio, había estudiado medicina, carrera que abandonó para realizar abogacía. Murió a las 28 años con el deseo inextinguido de ser médico.

Su abuelo, también llamado Juan Mussio, era un inmigrante genovés del siglo pasado, que llegó al país para trabajar como peluquero. De acuerdo con la costumbre de la época intervenía cotidianamente como colaborador del médico realizando sangrías. En los registros oficiales de Higiene Pública (lo que hoy sería el MSP) aparece su nombre revalidando el título de flebótomo en 1856. Inclusive, bajo la orientación del Dr. Fermín Ferreira realizó estudios de medicina, aunque no terminó.


Imaginamos a Mussio-Fournier como uno de esos grandes médicos de fines del siglo pasado y principios del actual: Ricaldoni, Soca, Morquio, Quintela, García Otero...

Su sabiduría solamente es comparable con la de esos otros notables colegas de la historia de la medicina uruguaya.

En 1917 obtuvo su título de médico-cirujano e inmediatamente fue designado para actuar en el Pasteur (antiguo asilo de mendigos), dedicado entonces a indigentes y crónicos. En 1920 pasó a ser jefe de la Clínica del profesor Américo Ricaldoni.

Ese mismo año emprendió un largo viaje de estudios de seis años que lo llevó a las principales clínicas de Europa, en principio para dedicarse a la pediatría. Junto con su permanente avidez de saber llevaba una carta de presentación del profesor Luis Morquio, dirigida a su amigo Víctor Hutinel, director del por entonces célebre Hospital Malades de Paris. Hutinel era uno de los grandes pediatras de la época. Juntos descubrieron un caso de hemiplejia mixedema-tosa que cincuenta años después bautizamos en uno de nuestros trabajos: Síndrome Hutinel-Mussio Fournier.


¿Cómo explica que un joven médico uruguayo, en cierta forma un aventurero, se relacionara con personajes de primera línea mundial?

Muy sencillo. En la posguerra (1914-1918) Europa estaba en ruinas. La pobreza y el hambre arrasaban con todas las capas sociales. Los intelectuales sufrían penurias y no tenían más remedio que vender sus conocimientos a sudamericanos que se habían beneficiado indirectamente con aquella miseria. Mussio Fournier tomaba clases privadas en Alemania.

Pudo haber sido un gran neurólogo, pero circunstancias favorables lo inclinaron por una disciplina por entonces naciente, la endocrinología.


De ahí lo de fundador...

La figura de Mussio-Fournier solamente puede aceptar como antecesores a quienes estuvieron en la prehistoria de la disciplina: Gley, Levi, Hertoge, Zondek, Julius Bauer y Nicola Pende. De todos ellos recibió enseñanza directa y con ellos trabajó en favor de su desarrollo.


Hablemos del trabajo. ¿Cómo lo planificó? ¿Cómo lo concretó?

Lo concebí reconociendo mis limitaciones como biógrafo e historiador. En ese terreno no podría competir con especialistas como los que también fueron premiados. Es sabido que los ensayos biográficos tienen sus códigos, sus directivas. No conozco el método. Por ese motivo ingresé al tema haciendo anécdotas, contando hechos que me unieron al gran maestro. Recién al final, hay una especie de biografía tradicional, con algunos datos concretos. Pero la considero una semblanza incompleta y técnicamente pobre.


¿No arriesgó demasiado al presentar un personaje muy poco conocido? La imagen del Dr. Mussio-Fournier compitió con otras muy atractivas como las de Obdulio Varela o Paco Espínola.

Finalmente, creo que la desventaja terminó siendo un beneficio. Mucho se ha escrito sobre Obdulio o Paco, y se lo merecen. Pero también se lo merece una personalidad como la de Mussio-Fournier. Fíjense que fue ministro, catedrático, investigador, descubridor, pionero y médico vocacional al servicio de la gente. Un hombre de su época.


El ministro distraído

En determinado momento, el maestro metido a político se detiene plácidamente a leer los pizarrones manuscritos con tiza que de tanto en tanto bajaban desde el interior de la redacción de El Diario, situada entonces en la acera norte de la concurrida arteria ajetreada por los peatones, los autos y el paso con campa-nillear de los tranvías.

–Ja, ja, fijáte vos. (Le dice Mussio a uno de los amigos que lo rodeaban.)
–¡Fijáte vos, se les escaparon los presos de Punta Carretas!
–No te rías Juan César –le dicen por lo bajo– que las cárceles dependen de tu Ministerio.
–No, lo mío son las escuelas.
–No, Juan César... Yo no viví este episodio, pero vox populi vox dei. (Pasaje de Juan César Mussio Fournier, fundador de la endocrinología uruguaya.)


«Original, vibrante y fresco»

El Dr. Luciano Alvarez, uno de los tres integrantes del jurado, sostuvo que el premio otorgado a Ravera se fundamentó en tres aspectos básicos: «El primero fue que estaba muy bien escrito y con un tono sugestivamente creativo. El segundo fue el hecho de que puso de relevancia a un personaje interesante, desconocido para la mayoría de nosotros. El tercero fue el excelente nivel de investigación».

Alvarez explicó que «entre los trabajos hubo algunos que estaban bien escritos pero muy flojos en la parte de investigación, también se dio al revés, o por ejemplo que el propio personaje no era todo lo sólido que se exigía. En el caso del Dr. Mussio-Fournier, descubrimos a un ser humano excepcional que hizo mucho por la medicina, pero que también tuvo su costado muy humano».

El formato de redacción fue definido por el tribunal como «original y vibrante».