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Algunas reflexiones sobre la vida de Vladimir Roslik

Tan frágil como la memoria, imborrable como un recuerdo



Jonathan Swift concibió en su obra, Los viajes de Gulliver, con doloroso aborrecimiento (quizás como un vaticinio personal), una estirpe de hombres inmortales pero decrépitos, deseosos de apetitos que no pueden satisfacer, incapaces de comunicarse con los demás, ni siquiera de mantener una conversación o de leer, porque la memoria se les pierde de un renglón a otro.

Esta superlativización de la vejez, ese desarrollo al infinito de las consecuencias que traería la variable inmortalidad, considerada sola, dejando el natural deterioro del resto de las funciones fisiológicas, es una forma contundente y amargamente irónica de resaltar el papel rector que cumple la memoria en nuestra existencia. Es imposible concebir una vida humana normal o coherente sin memoria.

La senilidad trae en diversos grados una inevitable pérdida de la memoria, cómica muchas veces para el entorno, y deshonrosamente dolorosa para quien la padece. Pero ¿qué ocurre con el conjunto de individuos, con la anónima población? ¿Puede haber una amnesia colectiva, con bases no ya orgánicas, sino sicosociales o como quiera llamárseles?

¿Es posible que hace dos años, en un periódico de la ciudad de Buenos Aires, se halla publicado una encuesta en la que se afirme que un elevado porcentaje de estudiantes secundarios creyeran que la Triple A era una vacuna? Es posible, y de hecho la misma publicación aclara (sin comentar) que un bajo porcentaje de esta muestra sabía qué fue la siniestra alianza llamada Triple A.

Si se cree en la causalidad, este tipo de fenómeno social tiene numerosas raíces, lo cual hace compleja una explicación; más claro puede ser el sentido que connota este hecho de desmemoria, de olvido como inhibición retroactiva, si se concibe a la población como inmortal, ya que teóricamente va a reproducirse de manera ilimitada en el tiempo, y si puede olvidar eventos tan graves, que implicaron violación de los más elementales derechos humanos, en forma reiterada durante años, nos encontramos quizás frente a un ejemplo de la descabellada descripción de Swift.

El honor de la humanidad podría ser salvado por ese porcentaje de jóvenes que mantuvo vivo el recuerdo del significado de esa sigla monstruosa, seguramente por vínculos, por heridas en sus amigos o familias que dejaron un tatuaje indeleble e irritante, del que no se puede volver sin que algo del «inconsciente» se sienta comprometido. Como una canción remota (valga la imagen) que cada vez que se evoca, aun en silencio, lleva a zonas íntimas de la existencia. Este sentimiento vívido, reproducible en cualquier momento, es al que llamamos recuerdo, semánticamente vinculado al corazón, a pasar de nuevo por el corazón; hermano inevitable de la memoria, pero mayor, independiente y su soberano en cierta forma.

Si como Juan Marsé dice, las ideas se pudren con el tiempo, en cambio los sentimientos y las emociones no, deberíamos usar todo el humus y la materia orgánica producidos por tanta ideología para fortalecer nuestra carga de sentimientos, equilibradamente de ser posible para no caer en el otro extremo del péndulo, la sensiblería.

La concepción del mundo en nuestra civilización occidental discurre sobre estructuras binarias. La eterna oposición verdad-mentira, bueno-malo, vivo-muerto, cocido-crudo, etcétera, domina nuestra forma de pensar y proceder en todo momento. Pero si por un momento concebimos nuestra existencia colectiva como un todo, como una continuidad histórica, material y emocional, la composición de ese organismo u organización donde las partes son inseparables e inviables independientemente, si logramos aproximarnos a esta concepción, podremos tener necesidad de estimular alguno de sus sectores, mirar ese órgano tan desatendido por otras prioridades, apuntalar ese sitio como forma de fortalecer o prevenir inevitables dolencias.

Una forma de vigorizar el todo reforzando sectores es, entre otras, recordar, comunicar a las partes nuevas lo que pasó, dar nuestra versión de los hechos, versión directa o indirecta, pero sin «descontaminarla» de recuerdos, sin objetivar demasiado ya que a los sujetos nos es imposible ser absolutamente objetivos, so pena de pecar de inertes.

Las biografías, como forma literaria, pueden representar una buena herramienta en su forma convencional, retrotrayéndonos a épocas y vivencias que siguiendo un desarrollo lineal dibujan una trayectoria que va desde el nacimiento a la defunción del personaje en juego. También puede intentarse descubrir esa rica red de vínculos públicos e íntimos que envuelven a un individuo a su época y a sus semejantes expresada siguiendo los pulsos históricos como fueron captados en ese tiempo por el narrador y los medios de divulgación del momento, en el caso que nos referiremos, una etapa difícil para el periodismo, pero que supo ser asumida ética y por momentos heroicamente.

Desde el punto de vista de la primera forma se podría narrar: Vladimir Andrés nació el 14 de mayo de 1941, en San Javier, departamento de Río Negro, Uruguay. Su infancia transcurrió en el pueblo y debió viajar al extranjero para cursar estudios superiores por una beca obtenida en la patria de sus ancestros. Murió asesinado por efectivos de las fuerzas conjuntas imperantes en esos momentos en el gobierno de Uruguay, el 16 de abril de 1984. Esta sucesión de hechos contados cronológicamente quizás no sea la mejor forma de evocar la figura del doctor Roslik, porque sin falsear ninguna información sentimos acumularse datos sedimentariamente y se corre la posibilidad de solo memorizar información, como en un diccionario enciclopédico que inconscientemente bloquea el buen camino del recuerdo.

Otra manera de evocar a Vladimir, a Valodia como lo llamaba su madre o los viejos del pueblo, podría comenzar con las palabras del sacerdote Alfredo Merlinov, quien dijo al conmemorarse un mes de la muerte (en ese momento aún no aclarada de Vladimir) en el pequeño cementerio local: «Todos participamos de una o de otra manera de la congoja de la familia del doctor Roslik y de la comunidad de San Javier, pero nuestro espíritu, que hemos recibido como hijos de Dios, está seguro que él, como todos los que cumplen la misión del Padre, se sacrificó por los hermanos para obtener la tan deseada paz. La sangre vertida tan generosamente, como los sacrificios de los campesinos, hará brillar nuevamente el sol en que la fraterna alegría se vuelva a manifestar en cada rincón de esta querida colonia... surgirá San Javier con más vitalidad porque sabe callar sufriendo. Nuevamente deberán roncar los tractores y las cosechadoras mezcladas con la voz del pueblo feliz y que el año del niño uruguayo sea representado por Valery Andrés, este huérfano que representa a tantos otros huérfanos de la tierra de Artigas...».

La historia completa de cualquier persona es infinita o inenarrable, ya que los hechos y los recuerdos además de ser numéricamente muchos son también cambiantes con la óptica del narrador, del tiempo y de las circunstancias. Debemos entonces rescatar trozos, retazos tomados de la rutina diaria, además (obviamente) de los escasos momentos dramáticos o gloriosos que van dibujando la silueta del retratado.

El doctor Vladimir Roslik murió no como se dijo en un inicio de un «paro cardiorrespiratorio», sino que fue asesinado según lo probó una segunda autopsia en que se constataron lesiones orgánicas letales y, además, estigmas de tortura, lo cual hace más grave el crimen en un principio ocultado por el oficialismo del momento.

Las torturas físicas, sicológicas o cualquier tipo de apremio son una categoría de comportamiento inadmisible en cualquier situación y contra cualquier ser vivo, pero en el caso de Vladimir, resulta aun más monstruoso porque poseía la vulnerabilidad de la inocencia, porque no tenía nada que confesar y sabía desde el arresto anterior (se lo habían advertido) que iba nuevamente a ser detenido y torturado o quizás muerto.

Pero siguiendo un orden cronobiológico del desarrollo de infancia, adolescencia, vida adulta y muerte, excluyendo la soledad de la senectud por violento (no elegido) fin. Así se condensa la vida de Roslik. De la infancia, ese período de la vida humana, raíz de casi todo lo que acontecerá luego, nada se publicó, pero cabe imaginar la niñez de un muchacho nacido y criado en un pueblo agrícola, hermano menor de otros cuatro (tres mujeres y un varón de igual nombre que su padre) que en el transcurso del tiempo compacto de una infancia provinciana va conociendo el regocijo de los peces arrancados con el sedal del río, o el aprendizaje de juegos de naipes (compañeros gustosos de toda su vida) o el descubrimiento de un mundo poblado de atardeceres y partos de los animales de granja. Así, entre cachorros, juegos y trabajos de apoyo a las tareas familiares debió ser el inicio de un Vladimir, pichón entre pichones. En esta época es cuando, como primer gran aporte que se recibe de la sociedad, aprendemos el idioma. Vladimir tuvo el privilegio de conocer además del lenguaje vernáculo, el de sus ancestros, hecho de enorme gravitación en su futuro, que le permitiría o facilitaría una beca en la URSS a través del ICUS (Instituto de Colaboración Uruguayo-Soviético) la posibilidad de hacer una carrera e incidir en la «culpabilidad» que lo llevaría a su muerte.

A los 21 años, terminados algo tarde sus estudios preparatorios, ya que como casi todos los hechos de su vida fueron regidos por un tiempo en el sentido agrario, mediando un curso de enfermería de la Defensa Civil y una amistad con alguien que sería una figura caleidoscópica y ambivalente en su vida, impulsor y luego detractor de su futuro colega, Vladimir descubre su vocación y cómo encauzarla.

Llega a la Universidad Patrice Lumumba, en Moscú, para jóvenes del tercer mundo, en 1962, como becario del ICUS, transcurriendo allí un trozo de su vida, singular, lejos de su pueblo natal, cargado de recuerdos en otra lengua, mientras en el mundo pasaban cúmulos de hechos de los que se enteró a través de los filtros lógicos de la «cortina de hierro». La muerte del Che Guevara, la muerte también de estudiantes uruguayos en enfrentamientos con la policía, Líber, Susana, Hugo. El Mayo francés, la primavera de Praga, todas violentas noticias difíciles de incorporar en un joven hombre formado en el Uruguay batllista. Acontecimientos oscuros que marcaban el preludio de un mundo que arreciaba feroz contra todos los parámetros conocidos, invadiendo hasta los rincones dormidos como San Javier, en Río Negro.

Presagiando algo de todo eso debió encontrase Vladimir, acostado en su cama de una habitación universitaria compartida, mirando el techo bajo o las frazadas marrones sin diseño dibujado, con la mente alerta y el corazón ignorante de futuro, tarareando un tango que había oído en la cinta que le llegó del pueblo, cantado por los amigos lejanos.

Iniciada la década del 70, se da el tan esperado regreso al pueblo, con el título para revalidar, muchos proyectos y la sensación agradable de pagar una deuda sirviendo a la comunidad. Otra vez el campo, el río, los olores familiares de la niñez, todo eso que ayudaba a enfrentar esa siempre dura inserción laboral, este conocido problema, pero en el caso del doctor Roslik se desplegó una corriente de solidaridad con el paisano universitario. Los pobladores ayudaron a la instalación de un consultorio y de los elementos indispensables para su funcionamiento, recibiendo por parte del médico una dedicación acorde. Paradójicamente no contó con un cargo del Ministerio de Salud Pública en su pueblo, ni con otro tipo de solidaridad, por quienes debieron hacerlo del punto de vista profesional o sanitario. Atrás estaba la gente, que lo apoyó siempre moral y materialmente, como también el asombro de la indiferencia de su antiguo profesor y actual colega. Largas jornadas para adoptar los términos en castellano de patologías que conocía en ruso, para entender una nomenclatura farmacológica que en el país nunca fue genérica, así estudiar enfermedades vernáculas.

En ese mundo del regreso sucedió el golpe de estado de 1973 y debió «sufrir» prisión, dicho entre comillas, porque en esta primera ocasión que estuvo detenido en Río Negro por siete días, el trato que recibió fue el de un detenido privilegiado (temía engordar, según sus comentarios), no mediando maltrato físico, aunque el cautiverio no sea favorable en ninguna circunstancia.

En esta etapa de su vida inició el largo noviazgo con Mary Zabalkin que culminaría el 15 de julio de 1977, cuando contrajeron nupcias. Con Mary, que era 12 años menor que él, vivió una profunda relación de pareja, compartiendo el gusto por la vida de pueblo y apoyándola en sus estudios avanzados de inglés. No tuvieron hijos hasta siete años después de la boda, y esta decisión estuvo quizás en parte impulsada por la detención por doce meses que debió padecer el doctor Roslik, conociendo el Penal de Libertad de funesta memoria, así como la tortura sistemática.

Fue el 29 de abril de 1980, previo al feriado del 1º de mayo, que se desplegó un gran operativo por las fuerzas armadas en San Javier, un despliegue desproporcional, con una parafernalia de tropas en camiones, que en la alta noche «invadieron» un pueblo asustado y dormido, llevando detenidos a un grupo de hombres que no llegaban a entender lo que les pasaba y siguieron sin saberlo en las largas horas del silencioso tormento del «plantón».

Ese largo año supo de golpes, asfixias, martirio eléctrico y todos esos apremios que debió padecer un porcentaje de la población uruguaya y latinoamericana en la década del 70. Inevitablemente, este sufrimiento dejó una profunda cicatriz en un hombre que era, además de médico, un humanista y que jamás llegó a entender ni justificar tal vesania; el ataque y el martirio de seres que no respondían a las culpas esgrimidas, por tanto incapaces de defensa o respuesta. La tela áspera de la capucha cubriéndole la cabeza era un monstruoso sombrero grande que le impedía ver a sus captores, pero era también una opresión constante, una sensación de enrarecimiento del aire inspirado que lo acompañó mucho después de su liberación el 24 de julio al atardecer.

Durante su primera detención murió su madre, de tristeza según algunos vecinos, que la visitaban en el hospital y que permanentemente llamaba a su Valodia. Amén del dolor de la muerte de su madre, sus amigos vieron cambios en el temperamento del doctor que se volvió mucho más reservado, y parecía estar permanentemente esperando que vinieran por él.

Pocos sabían de las amenazas recibidas en cautiverio, pero muchos le sugirieron que como tantos otros uruguayos emigrara, alejándose de ese peligro casi inevitable. La respuesta fue siempre la misma: «No me voy a ir de la tierra que eligieron mis mayores para vivir, acá nací y me crié, y ahora quiero darle a mi gente lo que sé hacer». En esa actitud se mantuvo hasta el 15 de abril.

Nuevo retorno, que no es un pleonasmo porque tuvo que rehacer todo, pasando por la angustia de la inhabilitación para ejercer, la ausencia materna y muchas sombras que lo acompañarían en su «libertad vigilada» hasta el cercano fin de sus días.

Ese sufrimiento lo llevó inevitablemente a una visión casi paranoica de la vida, a sentirse espiado, a esperar en cualquier momento una nueva detención, y con ella otra vez la humillante tortura; el gran alivio de esta etapa, hacia el final de la vida del doctor Roslik, fue el embarazo y nacimiento de su único hijo, Valery. Los excesivos cariños de un padre veterano, la aprensión, los temores a la más mínima fiebre, tos o erupción, los brazos que acunan ofrecidos, fuente inevitable de «mañas» infantiles, fueron un cálido apoyo para este hombre estigmatizado. Esta etapa final, los últimos años en la vida de Vladimir fueron sin duda los peores de su existencia, donde tuvo como único refugio su familia, fue indudablemente un espejo real de lo que pasaba en el resto del país. Detenido el 15 de abril sin acusación coherente, vinculándolo a una supuesta célula subversiva que nunca se comprobó, solo se sacaron como sospechosas pruebas fotográficas de bastones y espadas de utilería de fiestas tradicionales rusas, con que se festejaron desde que la colonia rusa llegó a estas costas traída por el presidente de la república, don José Batlle y Ordóñez, a quien siempre le estuvieron agradecidos y votaron como también lo hizo la familia Roslik.

Cuando Valery tenía algo más de cuatro meses, una noche aciaga del 15 de abril, respondiendo a un sentido de venganza absurdo y criminal, el doctor fue detenido y llevado junto con otros habitantes de San Javier para averiguaciones. Vladimir no pudo pasar esta prueba, pese a sus jóvenes 42 años, no toleró la tortura, la tremenda saña (como demostró una segunda autopsia), de los golpes que le desgarraron el hígado y sumado a la inmersión prolongada por el «submarino», potenció a la anoxia en una muerte segura. «El duro no se queja» fue el comentario de los otros presos también encapuchados, pero ya no existía posibilidad de queja.

Empezó con su muerte otro capítulo, que Mary supo enfrentar con total entereza y valor, que con el apoyo de amigos permitió rescatar la verdad de los hechos en aquel momento histórico tan difícil. Será para los libros de historia una «causa» más que convergió para el derrocamiento de la dictadura militar uruguaya, pero para el pueblo oriental, para los médicos compatriotas, para la humanidad en general, es otra historia para la hagiografía, porque sin canonización mediante la vida evocada es la de un santo laico.

¿Qué queda? ¿El recuerdo en bloque de una buena persona? ¿La sensación de impotencia vivida en aquellos momentos por las gentes de San Javier primero y después por todo Uruguay? O algo más, como el recuerdo de muchos en el de uno, como la solidaridad con todo hombre al que se le comete una injusticia, ¿qué queda en la memoria colectiva? La respuesta la obtendremos necesariamente cuando haya transcurrido el tiempo, aunque por supuesto tengamos una idea formada, optimista y sensata sobre nuestro pueblo.

Con gruesas pinceladas, inexactas por tanto, leímos un esbozo de hechos en la vida del doctor Vladimir Roslik, pero dejemos de lado detalles memorables como fechas o nombres de las personas vinculadas a esta vida, sí esforcémonos por sentir ese recuerdo de otro hombre, este nacido en nuestro país y muerto violentamente por el poder reinante, sin culpa pero responsable de pertenecer a un grupo étnico y por ello haber residido y estudiado en otro continente. Vladimir es, quizás, un vivo ejemplo de lo que debe significar el recuerdo, eso que he intentado transmitir con estas ideas, pero, quizás, esté también perfectamente resumido en un trozo de una carta que recibí por 1977 y que sin la autorización de quien me la enviare, transcribo «... y que este período de tiempo vivido en común sea por el resto de nuestras vidas algo tan importante, imprescindible, aunque sea tan frágil como la memoria, desearía fuera imborrable como el recuerdo».

Bibliografía

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Borges JL: Otras inquisiciones. Emecé Editores. 5ª edición. Julio 1970.

Cabalero D: Aquí. Revista Semanario. Año II Nº 52. Mayo 1984.

Campodónico MA: Aquí. Revista Semanario. Año II Nº 53. Mayo 1984.

Correspondencia personal. Inédita. Página 12. Encuesta 1996 a los jóvenes argentinos

Swift J: Los viajes de Gulliver. Ediciones Alfredo Ortells. 4ª Edición 1984. Barcelona.

Udaquiola L: Valodia. Vida de Vladimir Roslik. Ediciones de la Banda Oriental. 1996.

Género: ENSAYO

Segundo premio

Dr. Andrés Banchero Ciliberti

(Seudónimo: «Hiram»)