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Noticias - Diciembre de 1998 - No 96 SEPARATA

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«Corajuda y buena el alma»
Palabras del Senador Prof. Carlos Julio Pereyra
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En Paysandú, hablando en un acto preparatorio del gran mitin por libertades y leyes democráticas en oposición al regimen "terrista" (julio de 1938). Cardoso sería un luchador contra las dos dictaduras de este siglo.l

Señor Presidente y dirigentes del Sindicato Médico del Uruguay, señoras y señores. En primer término quiero agradecer el honor que se me dispensa, al invitarme a participar en este acto de homenaje al insigne compatriota que fuera el Dr. José Pedro Cardoso. Conocí de cerca a este singular ejemplar humano, siguiendo su actuación legislativa a través de amigos comunes, luego compartiendo la integración del Senado y en los frecuentes encuentros, en los años negros de la dictadura para encender la llama de la resistencia y devolver la institucionalidad democrática al Uruguay. Es probable que mis palabras no puedan trasmitir toda su grandeza espiritual y moral, pero es mi obligación como ciudadano intentar hacerlo para responder a la generosidad de la invitación y a los dictados de mi conciencia. Es por ello que tengo la satisfacción de estar hoy con ustedes reunido para evocar la vida y acción de quien fue un singular triunfador en esa difícil empresa que es la vida de un hombre. No siempre este puede elegir el camino por el que ha de transitar, y aun cuando pudiere hacerlo, no es fácil no errar en ese azaroso y muchas veces penoso andar que ello implica. Las dificultades, los obstáculos, de todo orden, que va a encontrar en la enmarañada selva que ha de cruzar, son innumerables y casi siempre muy difíciles de vencer. Así, hay muchos que ven caer sus mejores sueños juveniles ante las barreras que se le ponen delante en esa dura lucha que constituye la existencia de un hombre, cuando este intenta serlo en la más amplia y dignificadora concepción de la palabra. Otros, suelen no encontrarlas por el dudoso privilegio de nacer y vivir sin limitaciones de carácter económico o cultural; otros por no alcanzar a valorar las facetas dramáticas del mundo a que han advenido, cegados por la perspectiva de una vida fácil o por responder a la tentación del egoísmo que los encierra en el goce del culto a sí mismos, ciegos a las angustias y el dolor de sus hermanos, los demás hombres. No fueron esas, por cierto, circunstancias, hechos o limitaciones que no fuera capaz de vencer el hombre a quien tributamos el testimonio de nuestro homenaje. Él fue de aquellos a los que la fortaleza de su vocación, la fuerza moral de su personalidad, los lleva a vivir integralmente, buscando la cima de la dignidad que enaltece la vida, aquellos cuya meta es la satisfacción de cumplir esa tarea inherente a la condición humana que es la función de servicio, la consagración plena de todos sus esfuerzos, de toda su capacidad, a la hermosa labor que significa la práctica permanente y plena de amor que es la solidaridad con los demás hombres y fundamentalmente con aquellos que sufren ante la injusticia provocada por desigualdades económicas y sociales o de quienes son acuciados por el dolor de las enfermedades. Para tal empresa -la que eleva al hombre a la plenitud de la dignidad- es necesario sentir el fuerte llamado de la vocación y de la responsabilidad que brota de un espíritu tocado por una especial sensibilidad, y una capacidad de entrega inmune a toda tentación por lo fácil, lo banal o aun de renunciar a justificables llamados más próximos, como sus propias satisfacciones personales o la dedicación exclusiva a ese entorno cálido que constituye la familia. Entre los ejemplos más altos de esos compatriotas, que hemos conocido, está el Dr. José Pedro Cardoso. Por ello, su recuerdo y veneración hoy nos convoca, para exaltar todos juntos -sus colegas, sus correligionarios, sus amigos y todos los que sienten que debe mantenerse viva la llama de sus virtudes- las emociones del recuerdo evocativo de su inmensa dimensión humana, vencedora del tiempo y de la muerte. Su personalidad de recio perfil de luchador social, poseído de una gran fuerza moral, derribó muros de incomprensión, embates de calumnias y durezas del combate, para convertirse en un excepcional ejemplar humano. Quizás, empezó a modelar su carácter en las fértiles llanuras encerradas por las azules serranías de los paisajes esteños donde abrió sus ojos al esplendor de la vida, donde seguramente mezcló sus ingenuos juegos infantiles con los sueños de justicia y pleno conocimiento de los valores más altos que llenaron y justificaron plenamente su existencia física, su largo, difícil y a veces dramático paso por ella. La escuelita pública -principal puntal de la sobrevivencia de nuestro pequeño país y de elevación cultural y cívica de nuestro pueblo, por allí levantada- le fue abriendo el camino de la superación por el conocimiento, la comprensión del verdadero sentido de vivir y el amor por los demás con que llenó luego su vida. El liceo aldeano, surgido en viejas casonas testigos de opulencias efímeras vencidas por el tiempo, fue acicateando sus sueños juveniles, esos que comienzan a encender la llama de ideales superiores. Luego lo albergó la universidad popular, también orgullo de nuestro país, avanzada siempre de su progreso cultural. Para llegar a ella no sólo había que vencer distancias, sino también dificultades económicas que a tantos han cerrado el paso. Luego lo recibió en sus aulas la Facultad de Medicina que sería el centro de sus inquietudes inmediatas hasta graduarse de médico.

 

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Prof. Carlos Julio Pereyra

El camino de una vocación inequívoca por la función de servicio social ya llenaba su espíritu respondiendo al llamado de un carácter firmemente sensible, a su preclara conciencia. Por esa época, también tenía claras sus definiciones políticas para entrar a recorrer el camino de su existencia, iluminado por las dos estrellas que lo llamaban desde el diáfano campo de su responsabilidad: calmar los dolores de los enfermos y luchar por la justicia social. No creo que existan para el hombre ámbitos más amplios que el del médico y del político para complementarse en los deberes de la solidaridad cuando estos responden a un fuerte llamado, capaz de exigir las más grandes abnegaciones y llevar a los supremos sacrificios. En el ejercicio de la medicina el Dr. Cardoso conoció de cerca el dolor de los demás, sufrió con sus hermanos enfermos y comprendió que toda la vasta extensión de esa noble profesión no era suficiente para llenar su vida, deslumbrada por sueños de justicia universal. Y fue entonces luchador político para ser integralmente luchador social, porque sólo se justifica el accionar político si está puesto exclusivamente al servicio de la sociedad, lejos de vanidades o prácticas demagógicas. El político es un luchador social y si no, no es político o no merece el nombre de tal. A mi juicio tampoco ha de ser solamente un servidor de su partido, sino concebirlo, como este debe ser, no como un fin en sí mismo sino como un medio, una herramienta para servir el interés general. Así lo entendió el Dr. Cardoso y porque fue así es que hoy estamos aquí hombres de diversos partidos, porque no sólo fue un hombre insigne del suyo, sino porque fue y sigue siendo una figura histórica del país, por encima de definiciones partidarias, un uruguayo que honró a lo mejor que los uruguayos tenemos: el amor a la libertad, el culto de la tolerancia, la admiración por la cultura y, en general, la veneración por los valores superiores que honran a la condición humana. Y lo fue así porque fue capaz de luchar contra todas las adversidades y contra toda expresión de injusticia; porque fue un recio luchador y a la vez un hombre bueno y generoso, que anduvo por la vida como la imagen nacida del ingenio de Cervantes: conjugando rebeldías con amor, tratando de convertir sus sueños en realidades redentoras. Y para todo ello tuvo que tener capacidad para el sufrimiento personal, tolerancia ante la incomprensión, coraje para enfrentar adversidades y una gran capacidad para amar, cuando el amor pasa por sobre las individualidades para alcanzar el inconmensurable horizonte de la universalidad. En ese camino no existió sufrimiento que no pudiera soportar, ni lucha que no fuera capaz de enfrentar: en la vida diaria, en la acción parlamentaria, en la lucha contra el oscurantismo totalitario. Las dictaduras no toleran este tipo humano, ni perdonan a los que cultivan la forma de pensar y sentir que implica la suprema dignidad de los hombres libres. Por ello conoció -ya en la ancianidad- el rigor de las cárceles de la dictadura que ensombreció cercanos doce negros años de nuestra patria. Como todo auténtico luchador, el Dr. Cardoso lo soportó, como algo ineludible, inherente a su condición de luchador y a la intangibilidad de su conciencia libre. Por todo lo que él significó para el Uruguay a lo largo de este siglo, por todo lo que ejemplarizó con su conducta, por todo lo que dio a la sociedad uruguaya, por toda la bondad y fraternidad que supo sembrar en medio de luchas azarosas, hemos venido a rendirle junto a sus colegas, amigos y compañeros, el homenaje de nuestra admiración personal y de nuestro agradecimiento como ciudadano de este país. A este maestro de la dignidad y del coraje cívico, intérprete auténtico e indoblegable de los sueños de redención, todo lo que lo identifica con lo mejor de los humanos sueños y lo más puro de la conciencia de aquellos que saben ser integralmente hombres. Con perdón de los colegas parlamentarios que aquí están y que me oyeron esta expresión de un poeta nativista de nuestro país, yo encuentro que viene bien para cerrar estas palabras definirlo en esos versos finales que el poeta dedicara a un prócer nacional y el Dr. José Pedro Cardoso fue también un prócer de la nación: «Para llevar esa dura existencia -dijo- hay que tener duro el cuero, corajuda y buena el alma y andar con un ideal en ristre como una lanza».

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