viernes 26 de junio de 2026
En el marco del aniversario del golpe de Estado, el SMU le preguntó a médicos y médicas de distintas generaciones qué recuerdan de aquel 27 de junio de 1973, o qué les contaron quienes lo vivieron antes que ellos.
Lucía Arzuaga: «Van a dar un golpe de Estado»
El recuerdo de Lucía Arzuaga empieza la noche anterior, el 26 de junio. Volvía del cine cuando encontró a sus padres sentados junto a la radio, escuchando la última sesión del Parlamento. Su padre le dijo, con tristeza: «Van a dar un golpe de Estado. Si tenés algo en casa que pueda comprometerte, sacalo, porque seguramente nos van a allanar.»
A la mañana siguiente, con 14 años, juntó volantes y materiales de su liceo, los envolvió en una bolsa de nylon y cruzó a un terreno baldío frente a su casa. Ahí se encontró con varios vecinos haciendo lo mismo. Ese mismo lugar se convirtió después en el fondo de la casa de tortura de 300 Carlos Chico, donde todo el barrio escuchaba los gritos.
El miedo no era nuevo en su casa. Su padre, médico forense y cardiólogo internista, había hecho la autopsia de Heber Nieto, el estudiante de la Escuela de la Construcción asesinado por la policía en julio de 1971. Su informe contradijo la versión oficial. Después de eso, pusieron una bomba en su casa que rompió los vidrios de toda la cuadra, hasta el Hotel Oceanía, y dejaron volantes amenazantes dirigidos a «la doctora Arzuaga».
Para cuando llegó el golpe, en su casa ya sabían lo que costaba decir la verdad.
Alfredo Cerisola: el living, la tele y el silencio preocupado
Alfredo Cerisola tenía siete años. Su recuerdo es simple y nítido: estar con su madre, su padre y su hermano frente al televisor, tratando de entender lo que pasaba. Lo que más se le quedó grabado no fue una imagen puntual, sino el clima: una preocupación muy fuerte en toda la familia.
Su padre era abogado, ejercía en un estudio de Ciudad Vieja y tenía un apego fuerte al derecho y a los derechos humanos. La familia hablaba de política sin tener militancia activa, y esa noche se sentía, según Alfredo, “un quiebre muy fuerte” que ya venía gestándose. La escena se completa con el contexto de la época: televisión en blanco y negro, con horarios acotados, y el informativo como punto central de la vida familiar.
Paula Gándara: lo que no se puede recordar y lo que queda para siempre
Paula Gándara tenía un año y tres meses el 27 de junio de 1973. Desde los dos meses de vida, sus dos padres fueron presos políticos. Su madre, detenida en distintos cuarteles, hasta que Paula tuvo cinco años; su padre, en el Penal de Libertad, hasta la amnistía de 1985.
Su infancia y parte de su adolescencia transcurrieron visitando a sus padres en la cárcel, buscando otro lenguaje para vincularse cuando las palabras no alcanzaban. De esas visitas guarda los objetos que sus padres armaban para ella ––cartas, juguetes, ropa, bufandas tejidas– y los describe como «tesoros». También guarda el recuerdo de una doble vida: saber la verdad sobre sus padres y no poder contarla en la escuela, salvo a algún amigo que vivía lo mismo.
En la adolescencia pudo escribir un poema a su padre con lo que sentía. Lo tituló “Sobre vida e historias” y comienza diciendo: “Cuando pienso en vos, Se me vienen los recuerdos. Y ya estoy en el ómnibus, en el frío, en el miedo, en las revisaciones y ladridos; en la visita”.
Walter Pérez: del Parlamento rodeado de tanques al mimeógrafo clandestino
Walter Pérez recuerda que la noche del 26 de junio festejaron el cumpleaños de su padre, y que la conversación entre los invitados giraba en torno a un tema excluyente: el inminente golpe de Estado, los discursos en el Parlamento, el de Wilson Ferreira Aldunate entre ellos.
Nadie sabía todavía lo que pasaría horas después: la madrugada del 27, los militares entraron al Parlamento. Al mediodía siguiente, Walter fue con compañeros de la Asociación de Estudiantes de Medicina (AEM) hasta la Facultad, que insólitamente estaba abierta pero vacía. Desde General Flores vieron el Parlamento rodeado de tanques, en una ciudad que sentían rara: quieta, sin el paro que hubiese sido lógico. No tenían, dice, percepción del riesgo que corrían.
La Universidad cerró ese día y no reabrió hasta marzo de 1974. En ese período, los estudiantes de medicina armaron una red propia para no perder el contacto ni los estudios: grababan los teóricos en cinta, los transcribían a máquina y los reproducían en mimeógrafo, cientos de copias que circularon como principal material de estudio. Cuando esa generación pasó al hospital, donaron los mimeógrafos y el papel a las generaciones siguientes, y repartieron el dinero que les quedaba entre las familias de compañeros presos. Walter recuerda haber entregado un sobre con esa plata a la madre de dos compañeros detenidos, que vivía sola en la calle Nueva Palmira.
La posición del SMU esas horas
Mientras estas cuatro historias se vivían en otras tantas casas de Montevideo, el Comité Ejecutivo del SMU sesionaba dos veces en menos de catorce horas para decidir qué hacer. Las actas de esas dos reuniones –la noche del 26 y el mediodía del 27 de junio de 1973– muestran a la institución actuando en tiempo real.
La primera sesión comenzó a las 23.30 del 26, apenas se confirmó que el anuncio de la disolución del Parlamento llegaría a las 5 de la madrugada. Presidida por José P. Cirillo, con Homero Bagnulo como vicepresidente y Manuel Liberoff entre los presentes, la discusión del Comité Ejecutivo se cerró con una idea de que los médicos son custodios de la salud del pueblo –según las actas, en el sentido amplio que le da la OMS al término– y que “no puede haber salud sin libertad”. Se resolvió mantener la Asamblea del 27, contactar a la CNT y a la FEMI, y volver a reunirse al mediodía siguiente con medidas más concretas.
Esa segunda reunión, a las 12 del 27, ya transcurrió con el Parlamento rodeado de fuerzas armadas. Se propuso un paro de 24 horas ante cualquier detención de un médico y una jornada de protesta activa con ocupación de los lugares de trabajo, coordinada con la CNT y con los funcionarios de cada institución.

